Hermandad del Santísimo Cristo de la Luz y María Santísima de la Amargura.
Parroquia de Santiago - Guadix .
 

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SANTO VÍA-CRUCIS


PREPARACIÓN

    Señor, porque me has elegido quiero acercarme a Ti y acompañarte en esta angustiosa y gloriosa Ruta del Calvario.

    Quiero vivir intensamente el Misterio de tu Pasión e impregnado de Ti, sacar las enseñanzas que, lleno de amor, bañaste con tu sangre y con la pureza del agua de tu costado para que yo borrase la mancha de mis culpas.

    Al asirme de tu mano, Jesús, y vivir contigo estos momentos de dolor, cariño y arrepentimiento, graba en mi mano pecadora el caudal de tu paciencia para que sepa reprimir los impulsos que, aún en defensa de lo lícito, empleo con el sentir y levanto con mi mano para herir a mis semejantes.

    Recuérdame aquella respuesta de amor a la injusta agresión de los hombres para que me sirva como ejemplo de humildad: "Pedro: mete la espada en la vaina: el cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo he de beber?"

    ¡Dame sed, Jesús, para yo también beber de ese cáliz!

 

1ª ESTACIÓN. Jesús condenado a muerte.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    Nunca se conoció en la justicia humana una afrenta y un error como el de este proceso.

    El corazón del Señor ha de sentirse hondamente consternado, oprimido, y sus sentimientos amorosos ahogados en la más profunda amargura.

    Los hombres se han equivocado. Sin embargo, Él, acepta en silencio tan descabellada sentencia.

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    ¡Señor!, Tú has iniciado el camino de la adversidad y lo marcas amorosamente con este incomprendido acto de resignación y acatamiento.

    Enséñame a continuar tu camino.

    Que jamás juzgue a nadie, y sobre todo, que sepa aceptar los juicios de mis semejantes aunque fallen equivocadamente sobre mí.

    Y si me juzgo a mí mismo que sepa condenar a muerte ese "yo" que te niega; ese querer "ser" que es la negación de tu ejemplo, y, por consiguiente, la continuación de tan ignominiosa sentencia.

    Padre nuestro, Ave María y Gloria.

 

2ª ESTACIÓN. Jesús toma la Cruz.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    Jesús ha cargado la cruz sobre sus hombros.

    Se resiste a rechazarla y no espera a que le insistan sino que la toma en firme, resueltamente.

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    ¡Señor!, que yo también sepa poner el hombro para cargar sobre mí, decididamente, todo cuanto me aplasta, me fatiga y ahoga. Que jamás diga: "hágase tu voluntad, Señor", cuando todo me es lisonjero y fácil, para después, en los momentos de dificultad y prueba, hacer exclusivamente la mía.

    Que mi voluntad sea sólida; que no se doblegue a mis humanas tendencias. Que no oponga resistencia para abrazar la cruz en el momento que aparezca.

    Es posible que esa cruz la tenga frente a mí y solo me falte saber acariciarla. Ayúdame a ir en pos de ella. Que no sienta temor. ¡Porqué temer si Tú solo has sabido amar!

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

3ª ESTACIÓN. Jesús cae por primera vez.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    El peso de la Cruz es insoportable, sus fuerzas flaquean y Jesús empieza a desfallecer. Cae al suelo.

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    He sido yo, Señor, quien sin obstáculos y lleno de complacencias te ha empujado.

    La fuerza de mis faltas, de mi inicuo proceder, de mis falsos propósitos, te ha empujado ingratamente en ese sendero incendiado por mis consecuencias y que tan horriblemente te abrasa.

    Porque al caer en el camino de mi vida he dejado la cruz en el suelo para quedarme libre, sin dificultades, y así, empujarte mejor.

    Perdona, Señor, mis empujones; perdona mis negligencias; no consideres mis débiles razones para excusarme de no poder llevar la cruz.

    Ayúdame a no desesperar y podré levantarme cargando amorosamente con la gravedad de ella.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

4ª ESTACIÓN. Jesús encuentra a su madre.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    El populacho vocifera. Está pendiente de todo movimiento de aquel cuerpo extenuado, se regocija del agotamiento y dificultad. Ríen, gritan.

    Jesús, en aquel angustioso caminar, levanta la cabeza y encuentra a su Madre.

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    No hay fuerza ni razón humana para comprender lo que el corazón del Hijo y de la Madre descubren y se trasmiten en aquellas miradas.

    ¡Señor!, que en mi duro caminar tenga yo encuentro semejante. Yo también quiero mirarme en los ojos de tu Madre y comprender lo que es dolor y no lamentación. Enséñame, Señor, a que en la mirada de tu Madre encuentre la fuerza de destrucción para salvar cuantos obstáculos me cierren tu camino. Enséñame también que, en esa mirada, encuentre la razón divina para rechazar las sinrazones humanas; pero sabiendo dejarme con lo amargo. Enséñame, en fin, a no cerrar los ojos ni esconder el corazón para hallar en ese sublime mirar el tesoro que yo rehuyo, y que sin embargo, Tú, me ofreces constantemente.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

5ª ESTACIÓN. Jesús ayudado por Cirineo.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    Jesús sufre la amargura de la soledad. No hay quien le tienda la mano. Nadie le presta ayuda. Y si hay alguno que puede, se niega.

    El vigor de sus fuerzas se va agotando y es casi imposible que pueda continuar. Los soldados solicitan la colaboración de un campesino que por allí pasa y éste no quiere ayudarle. Es Simón de Cirene que se niega a aliviar a Jesús de tan horrible peso. Sin embargo, le amenazan y se ve obligado, lleno de indignación, a coger la cruz por un extremo.

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    ¡Señor!, nadie se acuerda de lo mucho que Tú ayudaste a lo largo de tu vida. Todo el que te solicitaba conmovía tu corazón y tendías generosamente tu mano. En cambio, ahora tienes la respuesta; ¡abandono absoluto!.

    ¡Que ingratitud, Jesús! Pero no. Esto no puede, no debe continuar así. Yo estoy dispuesto desde ahora a llevar tu cruz; y no solo de un extremo y obligado sino enteramente y por amor. No quiero tomar ligeramente la punta de tu cruz para cumplir deberes o conveniencias llenas de error. No quiero pesos humanos que divinamente no peses. ¡Dame tu cruz, Jesús!, pero también con el peso que le corresponda a mis semejantes.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

6ª ESTACIÓN.  La Verónica limpia el rostro de Jesús.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

    La cruz le oprime horriblemente. Su rostro va sudoroso, ensangrentado. La Verónica, compadecida, limpia el rostro de Jesús, y, cuando retira el lienzo van marcados los rasgos de su divina Faz.

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    Así responde el Señor a quien a tenido una decisión amorosa para Él. Una entrega en momentos de dificultad, hace que Jesús se imprima en el alma para grabarse entrañablemente.

    Ya que Tú, Jesús, correspondes con ese amor tan profundo y delicado, yo deseo desde ahora grabarme también en tu alma. Para ello ayúdame a no pensar siempre en mí, aunque en mí tenga que morir. Que sepas agradecer las razones de afecto, las pruebas de amor, y las que no los son, también. Que ame a quien enjugue mis penas, pero que ame más a quienes me las proporcionen; solamente así, en este tu amargo sufrimiento, podré conseguir mi deseo de amor hacia Tí y hacia mis semejantes. ¡Que yo también sepa devolver un rostro!

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

7ª ESTACIÓN. Jesús cae por segunda vez.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    Otra vez sus rodillas se hieren al sufrir la dureza del golpe. De nuevo sus labios sufren el impacto de la sequedad del sendero. Jesús va agotado. Las turbas contemplan el espectáculo. Se mofan. Pero Él hace un esfuerzo, se levanta y continúa.

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    En el camino de nuestra vida caemos muchas veces. Y nuestra debilidad nos hace besar todo el mundo, pero no lo besamos por nuestra débil flaqueza, por el descuido, sino que nos revolcamos para masticarlo con agrado y complacencia.

    Jesús ha caído nuevamente. Y ha caído para que yo sepa levantarme con más fortaleza después de mis caídas. Las caídas de Jesús son tan suaves que encierran una belleza imposible de descubrir. Esta segunda tiene mucho de ello. ¡Señor! te pido que me hagas comprender el porqué  de esa belleza, de esa hermosura en el dolor. ¡Préstame algo de ello!, porque deseo levantarme no solamente por mí sino también por los demás. Dilata, engrandece el alma que un día me diste, para que no me convierta en un pasivo espectador de tu vida, y... ¡mucho menos de tu Pasión!

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

8ª ESTACIÓN. Jesús habla a las mujeres de Jerusalén.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    Aunque su angustia es horrorosa el alma de Jesús se mantiene tranquila. Habla con las piadosas mujeres las alecciona, las consuela. He aquí como la generosidad de Jesús es ilimitada. Él, se olvida de sus dolores sintiendo el fuego amoroso de calmar los nuestros.

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    Tú, Jesús, desprecias  tus dolores por mi consuelo; yo, en cambio, prefiero mi consuelo a tu dolor.

    ¡Jesús mío!, haz que desaparezca en mí esa mezquindad. Todos tenemos en la vida alguna hora de angustia y desesperación y todo nuestro sentir y vivir se concentra bajo su influencia. Pero Señor, ayúdame a conservar tu serenidad y a imitar tu generosidad.

    Que sepa ser bálsamo en la desesperación y que sepa también olvidarme de mí prestando consuelo a otros cuando más lo necesito yo. Enséñame a mitigar dolores, y... ¡no los míos precisamente! Que tu lección me sirva para una entrega generosa y que ésta sea tu consuelo.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

9ª ESTACIÓN. Jesús cae por tercera vez.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    De nuevo Jesús desfallece.

    Otro abandono más por si eran pocos: el físico. A pesar de ello vuelve a levantarse y lleva la cruz hasta el final. Jesús no hace este esfuerzo para abreviar su sufrimiento. Está entregado a la voluntad del Padre, y camina... camina despacio... porque son muchos los pecados de los hombres, ¡muchas almas que redimir! Y antes de llegar a la angustia espantosa de la muerte, me avisa con el sublime pero amargo mensaje de su tercera caída, porque sabe que más tarde le voy a traicionar.

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Y Jesús, ¡grande!..., cae humildemente.

Y Jesús, ¡inmenso!..., cae amorosamente.

Y yo, continúo con caídas que ultrajan su bondad. ¡Señor!, levántame, que sepa continuar tu camino sin temor a la lentitud. ¡Que aproveche todo momento de dolor y lo amplíe en lugar de acortarlo! Que esta última caída me haga comprender tan hermoso aviso para saber levantarme y de nuevo comenzar mi camino por Ti y en Ti. ...Pero igual que Tú: ¡sin prisa!

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

10ª ESTACIÓN. Jesús es despojado de sus vestiduras.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    El sufrimiento de Jesús se acentúa cada vez más. Ahora solo le falta sufrir la amarga prueba de un despojo: le roban violentamente sus vestidos; se los arrancan a tirones y le ultrajan el pudor humano de su cuerpo ante la pública afrenta y las risas del populacho. ¡Y se los reparten echando a suertes!

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    Todos, Señor, luchamos tenazmente para evitar el expolio de nuestras cosas en la vida terrena. A veces permanecemos impasibles cuando nos expolian tu ideal, si se trata de alguna conveniencia...

    ¡Qué vergüenza, Señor! ¡Y que dolor!

    Hazme, Jesús, recordar este tu amargo sufrimiento cuando se trate de mi expolio, y del que yo pueda hacer a los demás; cuando se desconfíe de mi mejor voluntad y se formen sobre mí conceptos llenos de error; cuando, para encubrir satisfacciones y conveniencias, se le dé un giro malsano a mis buenas disposiciones; cuando sea víctima de la burla ante el placentero sentir humano; y sobre todo, cuando por parte de quienes me rodean no haya comprensión.

    Tú, Jesús, has padecido por mí este oprobio, esta injuria sangrante del expolio. Pero quiero participar en el reparto de tus vestidos; y así lo deseo, porque cuando Tú te los dejaste arrebatar, fue por algo que no alcanzo a comprender. Te pido, en cambio, que me des fortaleza para saber arrancarme como único despojo de mis miserias ese querer "ser" que tanto me aleja de Ti, cubriendo engañosamente lo que sin Ti, no es mi pudor.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

11ª ESTACIÓN. Jesús clavado en la cruz.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

    Le crucifican. Hincan la cruz en la tierra y le ponen en alto manando sangre sus manos y sus pies horriblemente traspasados. No puede alcanzar mayor grado de maldad, la vejación humana. Jesús queda prácticamente inmóvil. Pero todavía no le abandonan algunos sentidos para su mayor tormento: Tiene sed; contempla en su agotado y dulce mirar la inconsecuente y sangrienta ocupación de los hombres.

    ¡De los que aman! ¡De los que perdonan y piden perdón para ellos! ¡De los que justifican ante el Padre! "¡Perdónalos, Padre mío, porque no saben lo que hacen!

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    ¡Que grandeza la tuya, Jesús! Pero todavía te queda más: ¡tu AGONÍA!

    Es la hora tercia. Hora del mundo. Hora del Crucificado que abre las puertas de la VIDA ETERNA, y... hora en que los hombres realizamos nuestra obra para evadirnos siempre de ella.

    ¡Señor!, soy reo de tu agonía. Soy culpable de tan horrendo delito y no tengo derecho a evadirme aunque así lo desee mi voluntad. Quiero agarrarme a tu Pasión y ponerme a tus pies para servirte amorosamente.

    Me has hecho prisionero en tu gran batalla de amor. Sin embargo, esta libertad que tan generosamente me regalas, solo deseo utilizarla para permanecer a tu lado. Por eso, si alguna vez inicio la deserción tratando de llevarme tu rescate, acuérdate, entonces, de que aquellas palabras que dijiste a quien tenías a tu lado. Házmelas recordar para que si mi éxodo se realiza, sea únicamente hacia Ti.

    "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso".

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

12ª ESTACIÓN. Jesús muere en la cruz.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    Ha muerto. "Todo está consumado".

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    Eres mi Redentor, Señor. Eres mi Salvador. Tú me has redimido, me has salvado y has respondido por mí. Sin embargo, ahora falta mi respuesta.

    Pero aquí no caben fórmulas humanas. A esta tu obra iniciada en Belén y terminada en el Calvario, no le caben respuestas adecuadas de nuestro parecer o sentir. Tú sabes muy bien como hemos respondido los hombres a tus pruebas de amor, y cómo estamos respondiendo a tus méritos por habernos salvado: ¡Nos encogemos de hombros! El mejor, cierra los ojos, no quiere saber nada y confía en que le has de deparar una buena "última hora" por aquello de tu misericordia.

    Cierto que es infinita. Pero... ¿es que la merezco?.

    ¡Perdona, Señor, tan destemplados errores! Podría dar mi vida a diario sin que nadie se percibiera; podría ofrecer mis dolores en el más absoluto de los silencios.

    ¡Señor, infúndeme fortaleza para conseguir estos propósitos! Que mis muertes diarias sean por los demás, y todas las contrariedades que me lleven a ese morir sean el centro de mis alegrías. Unicamente de esta forma alcanzaría mi deseo: ¡Responder como Tú quieres!

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

13ª ESTACIÓN. Jesús es bajado de la cruz.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

    No es un hombre física y humanamente hablando lo que han desclavado de la cruz. Es un cuerpo destrozado, un despojo de nuestra humanidad. A pesar de tan horrible aspecto, ¡que sensación tan sublime debió sentir José de Arimatea en aquel primer contacto con la LUZ en sus brazos!: gravedad, sangre, locura, amor, redención...

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    Y José lo deposita en brazos de su madre. ¡Ya le tienes ahí, María! Pero no es José quien te lo ha devuelto así, sino yo.

    Ese costado abierto, es mi ambición; esas sienes espantosamente perforadas, son mis pasiones; esa boca fría y esos labios amoratados, son mis expresiones; ese cuerpo descoyuntado, yerto y ensangrentado, es, en fin, el balance de mi vida.

    ¡Jesús mío!, no seas mi juez! ¡Piedad!

    ... Pero Jesús, que yo comprenda la magnitud de tu amor y sepa desde ahora depositarte en los brazos de tu Madre de tal forma que ella y Tú me sonriáis.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

14ª ESTACIÓN. Jesús es sepultado.

    Verso: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

    Respuesta: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador. Amén.

 

    Aquí queda el Dios de la Redención. Ahí está el Dios de la inmensa locura de amor. El que se hizo mi semejante para bajar a la tierra y salvarme. Sepultado y en la más espantosa de las soledades.

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    ¡Pero Señor!, ¿Qué es esto? ¡Hasta donde llegas, y... hasta donde he llegado yo con mi inicua respuesta!

    He enfrentado mi miserable tiranía con tu sublime grandeza. Yo me instituyo "grande" con toda la amplitud de una vida, la libertad, los sentidos y..., Tú, bajo una losa ¡y prestada!, te quedas sepultado porque no tienes más que dar.

    ¡Dios mío!, ayúdame, sí, porque después de tu paso no cabe respuesta humana. Pero Señor, que yo sepa renunciar a todo lo que me pueda satisfacer. Que ni siquiera de prestado me quede la humana recompensa. ¡NADA!

    ... Te he dicho nada, Señor, y sin embargo siento el ardor de una exigencia: Hazme, al menos, el más pequeño imitador de tu Pasión.

    ... Pero en silencio.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

 

ORACIÓN FINAL

    Oh Señor que, por la preciosa sangre de tu unigénito hijo, quisiste santificar el signo vivificante de la Cruz: te rogamos nos concedas que aquellos que se glorían en esta Santa Cruz, sean defendidos en todas partes por tu protección. Por el mismo Jesucristo Señor Nuestro.

    Amén.

    Por las intenciones del Romano Pontífice para ganar la indulgencia.

    (Padre Nuestro, Ave María y Gloria)