SEMANA SANTA ACCITANA
Con
la llegada de la primavera, como cada año, Guadix se viste de gala para celebrar
la más hermosa de nuestras tradiciones: la Semana Santa.
Este
acontecimiento comienza a gestarse cuando estas tierras se incorporan a la
Corona de Castilla allá por el año 1489. A partir de este acontecimiento nuestra
ciudad se beneficia de un celo sin precedentes por parte de los nuevos
gobernantes, cifrado en la restitución de la silla episcopal de San Torcuato y
en la designación de Guadix como sede de un Corregimiento que abarca los límites
actuales de la provincia de Almería y el Norte de la de Granada.
La
organización eclesiástica efectuada por el Cardenal Mendoza trae consigo la
instalación en la ciudad de numerosas órdenes regulares que potencian la
práctica religiosa y algunas devociones específicas, cuyo fruto inmediato será
la eclosión de las hermandades de luz y más tarde de cofradías de penitencia,
algunas de ellas ya citadas por don Pedro Suárez en su Historia del Obispado
de Guadix y Baza.
El Barroco
y la celebración del Concilio de Trento suponen el despertar y la potenciación
definitiva de las hermandades y cofradías penitenciales, de lo que no estaría
ajena nuestra ciudad. Ya en la procesión del Corpus del año 1594 aparecen entre
las hermandades asistentes las cofradías penitenciales de las Cinco Llagas, la
Soledad y del Stmo. Cristo Crucificado.
Paulatinamente, los accitanos se irán agrupando en alguna cofradía según su
afecto y devoción a los distintos titulares. De esta manera surgen cofradías
como la Vera Cruz, Santa María Magdalena y Nuestra Señora del Rosario, que más
tarde quedarán en el camino. Por contra, existen otras con la misma antigüedad
que han desafiado el paso del tiempo y aún recorren sus titulares nuestras
calles. En esta tesitura se encuentran las cofradías de la Soledad, Nuestro
Padre Jesús Nazareno, el Cristo de la Luz, San Juan Evangelista, Nuestra Señora
de los Dolores y el Santo Sepulcro.
En un
primer momento los fines de la imagen serán los de despertar nuestra atención
desde un sentimiento devocional puramente cristiano, al mismo tiempo que se
esfuerzan en enternecer nuestra sensibilidad ante la pasión y muerte de
Jesucristo y los "dolores" de su Madre, la Virgen Santísima.
Con la
celebración de la Semana Santa, Guadix comienza a vivir la liturgia en las
calles con objeto de que prenda en el pueblo, que en aquella época era
mayoritoriamente analfabeto. Y esta pretensión se conseguirá gracias a la
potenciación de una de las dimensiones de la Semana Santa: su teatralidad; sin
este condimento resulta prácticamente imposible su comprensión y mucho menos la
participación del pueblo en esta tarea.
En Guadix,
la Semana Santa arraiga pronto gracias a las peculiaridades anteriormente
relatadas, y sus gentes se irán agrupando de manera paulatina en cofradías que
rivalizarían, repartiéndose los mejores días para realizar su estación de
penitencia.
Resultaría
dificultoso el enumerar las personas que a lo largo de estos siglos
contribuyeron al esplendor de nuestra Semana Mayor; a vuela pluma podemos citar
prelados de la talla de Fray García de Quijada, primer obispo de Guadix tras la
toma de la ciudad; don Juan de Fonseca y Guzmán, Fray Bernardo de Lorca y
Quiñones, D. Juan José Arboli y Acaso, D. Antonio R. Domínguez y Valdecañas, D.
Maximiano Fernández del Rincón y don Rafael Álvarez Lara. Entre los sacerdotes
sería justo resaltar a don Juan de Dios Ponce y Pozo o a don Simón de los Reyes
Troyano Campiña, junto con una extensa lista de personajes de la talla de
Tárrago y Mateos, los Argüeta, los Varela, y tras la Guerra Civil el grupo del
Santo Entierro, cuyos componentes citaremos más tarde.
La
contienda civil del treinta y seis supone un largo paréntesis, dejándose sentir
sus secuelas durante varios años, ya que una incomprensible furia iconoclasta
acabaría destruyendo prácticamente la totalidad de la imaginería existente. Se
perdieron obras de incalculable valor artístico pertenecientes a la escuela
barroca granadina, algunas de ellas esculpidas por maestros de la talla de Mora
o Ruiz del Peral.
Paulatinamente, Guadix va recobrando el pulso, los accitanos necesitaban de sus
cofradías como expresión religiosa y popular; por este motivo pondrán
rápidamente manos a la obra. El Cristo de la Luz se reconstruye con los restos
de la antigua imagen de José de Mora; la Virgen de los Dolores toma su faz de
los trozos que dieron vida a la imagen de nuestra Patrona, la Stma. Virgen de
las Angustias. La cofradía del Nazareno encargará una nueva talla de vestir, ,
el cordobés Ruiz del Olmo se esmerará en la nueva imagen de la Soledad, mientras
que Castillo Lastrucci, el artista sevillano que devolvió la alegría a los
accitanos con la nueva talla de la Patrona, pone todo su empeño y exquisito
gusto en la realización de la bellísima Virgen de las Lágrimas. La agrupación de
carpinteros tuvo más fortuna, ya que su titular, el Stmo. Cristo de la
Flagelación, permaneció indemne; no obstante, se vieron obligados a tallar un
nuevo trono de madera para el "paso".
La Semana
Santa accitana seguirá la costumbre tradicional de vestir sus imágenes con la
finalidad de resaltar más el realismo; este es el caso de la mayoría de las
imágenes que se realizan en esta época.
En verdad,
los primeros años de posguerra constituyen un hervidero devocional y de empresas
cofradieras. Las cofradías accitanas van a sufrir una evidente transformación,
olvidando aquel carácter asistencial propio de sus orígenes y volcando sus
preocupaciones en la organización y decoro de sus salidas en procesión; empero,
se echaba en falta alguien que diera el primer paso o algún grupo que forjara el
impulso definitivo.
El momento
propicio tiene lugar al comenzar la década de los cincuenta, surgiendo el grupo
del magistral catedralicio don Simón Reyes Troyano, que se articularía en torno
a la Cofradía de la Stma. Virgen de los Dolores y el Stmo. Cristo de la
Misericordia, y por otro lado, el grupo en torno a la Hermandad Sacramental del
Santo Sepulcro, cuyos personajes más señeros son: Manuel J. Ortiz, Adriano
López, José Galindo, Diego Mula, José García, José Peralta, Francisco Moreno,
José Torres, Juan Martínez, Luis Pertiñes y Antonio Ruiz.
Fruto de
estas iniciativas será también la fundación de la Real Federación de Cofradías
de Semana Santa, que se impondrá como misión prioritaria el impulso de los
desfiles procesionales, cifrada en la organización de Vía Crucis, concursos de
carteles, procesión del Domingo de Ramos, pregón de Semana Santa y adecuación de
las nuevas cofradías a los días intermedios de la semana, respetando, eso si, la
voluntad de las cofradías. Su labor ha sido positiva y fructífera desde su
creación, allá por el año 1953, mediante decreto del obispo don Rafael Álvarez
Lara, fechado el 14 de febrero. A las cofradías decanas: Cristo de la Luz, Santo
Sepulcro, San Juan Evangelista, Nazareno..., irán agregándose las demás: La
Flagelación, Esperanza, las Lágrimas, la Borriquilla, el Descendimiento...
Pronto se
desatará una sana competencia por ofrecer lo mejor de sus respectivos titulares:
tronos labrados rica y gustosamente, estandartes, banderolas, simpecados, etc.
Los cofrades realizarán costosos desembolsos movidos por la fe, si bien ésta, en
algunas ocasiones, iba unida al deseo de ostentación, aspecto éste que ha sido
muy criticado por los detractores de nuestra Semana Mayor.
Recientemente, en torno a los últimos años de los setenta y principios de los
ochenta, ha surgido una nueva corriente de gente joven, cuya primera siembra se
realizó en torno a la Cofradía de la Soledad, insuflando savia nueva a nuestra
Semana Santa: me refiero a la figura del costalero. Son jóvenes que aparecieron
en el momento más propicio, ya que por el paso del tiempo la Semana Santa de
Guadix necesitaba un relevo generacional que en un primer momento no se
producía; eran los inicios de la década de los setenta. En estos años las
cofradías pasaron por momentos difíciles, huérfanas de apoyo humano y económico,
los costaleros profesionales amenazaban con los plantes y las filas de
penitentes casi estaban desiertas, salvo honrosas excepciones.
La
Hermandad de la Soledad incorporaba en el año 1974 un grupo de jóvenes que hacía
de una actividad penosa y dura como ésta una vocación, empleando parte de su
descanso en el ensayo colectivo con objeto de acostumbrarse al peso y los
hombros al dolor. Paulatinamente, cada cofradía irá creando su propia cuadrilla.
Actualmente todas las hermandades tienen su propia cuadrilla de costaleros.
No
obstante, nuestra Semana Santa es algo más que tronos y costaleros, penitentes y
camareras, luces y flores, cirios y cornetas: también es música. Una música que
no cesa durante esta Semana de Pasión en la que la ciudad se transforma y cuyo
centro de atención se localiza en la catedral. Merece la pena que nos acerquemos
y comprobemos "in situ" el alto grado de sublimidad que alcanza la Escolanía en
la vivencia de su semana particular. Se trata de un acontecimiento
complementario y paralelo en donde el esfuerzo de los costaleros da paso al
esfuerzo de la voz, el contraste de colores se transmuta en un contraste de
voces blancas y graves, mientras que la genialidad de los escultores e
imagineros es secundada por la de compositores de la talla de Victoria,
Guerrero, Palestrina, Bach...; obras como "Judas Mercator", "Tenebrae", "Jerusalem",
"Popule Meus", o "O Vos Omnes", hacen estremecer los cimientos de nuestra
catedral y endulza los oídos más exigentes. La sublimidad llega a su cenit con
la interpretación de la "Pasión según San Mateo", con música de Juan Sebastián
Bach; todo ello sin olvidarnos de la majestuosa celebración de la misa
Pontifical el Domingo de Resurrección, cuyo broche de oro lo pone el "Aleluya"
de Haendel.
Y es que
nuestra Semana Santa posee personalidad propia, tiene unos rasgos específicos y
singulares; a ello contribuye la propia idiosincrasia de nuestra tierra y de sus
gentes, su paisaje, su entorno, y la pervivencia del alma accitana forjada en la
Edad Media y reforzada en los albores de la Edad Moderna.
Guadix es
un cuerpo de maravillosa composición que a buen seguro hubieran firmado
Velázquez, W. Turner, Tintoretto, Cosntable o el mismo Goya. Sermet dijo que
Guadix no era una ciudad para describirla, sino para verla; como dice Asenjo
Sedano, se extiende ante ese dosel exultante y magnífico de la sierra; sin
embargo, antes de mostrarse ese panorama de arcillas y alacranes que es el Sened,
como para darse gusto con la sorpresa de sus contrastes.
Las
perspectivas que podemos disfrutar en nuestra Semana Santa son asombrosas: la
Alcazaba árabe, vigía misteriosa de una ciudad que duerme con nuestras cuevas;
la catedral, lugar de oración y de evocación, con su fachada de verdadera
filigrana y esbelta torre que contrasta con el desarrollo horizontal y plomizo
de sus naves; el Arco de San Torcuato, antigua puerta natural de la ciudad; el
palacio de los Marqueses de Peñaflor, testimonio de una época superada; el
Torreón del Ferro, las cuevas... El paisaje, en definitiva, es consustancial a
nuestra Semana Santa, ya que condiciona y embellece el propio lenguaje plástico
y sentimental de la más hermosa de las tradiciones religiosas.
Los
desfiles procesionales comienzan el Domingo de Ramos, realizando su estación de
penitencia la Cofradía de la Entrada de Jesús en
Jerusalén, "La Borriquilla",
que entre palmas y olivos sale de la iglesia de San Miguel en esta mañana del
Domingo. La chiquillería se arracima en la puerta para constatar cómo, un año
más, Jesús de Nazaret cumple la profecía y entra triunfal en Jerusalén. El mismo
Cristo a lomos de la borriquilla parece evocar el pasaje bíblico "dejad que los
niños se acerquen a mí". No obstante la alegría de este encuentro, los
accitanos, cuando presenciamos su desfile, sabemos que la pasión es
irreversible. Cristo sonríe a sabiendas de su futuro inmediato; su desfile por
las calles accitanas tiene momentos de gran plasticidad y belleza. Cabe recordar
su paso bajo los arcos de la plaza de las palomas, y la subida por la calle de
San Miguel, dejando a su izquierda la siempre amenazante Alcazaba, símbolo
militar de un poder más tarde acudirá al Olivette para prenderle.
Guadix es
una ciudad de contrastes, es luz y oscuridad, barro y arcilla, frío intenso y
calor agobiante. Siguiendo con estos símiles penetramos en la noche del Lunes
Santo. De la alegría de la mañana precedente pasamos a una desmedida tristeza;
es una noche tenebrosa, el Santísimo Cristo de la
Misericordia
no ha querido elegir para su salida procesional los barrios señoriales de
nuestra ciudad, ya que El prefiere a la gente sencilla.
Entrada la
noche entre cerros y cuevas, acompañado de un impresionante silencio y de un
cansino tambor, "el Cristo de los Gitanos" va deslizándose entre densos
nubarrones y espigadas chimeneas hasta avistar los impresionantes torreones
iluminados de la Alcazaba árabe. Jesús se siente a gusto por estos barrios
humildes, y en un último impulso, ya próxima la expiración, enfila la
Carrerea de las Cruces, verdadera frontera que frontera que divide la ciudad.
Cristo siente deslizarse lentamente, sin prisas; a lo lejos se divisa la Puerta
Alta, en donde a buen seguro le aguarda una inmensa muchedumbre apesadumbrada y
muda, que expresa su tristeza y solidaridad por medio del llanto de las
bengalas. Es el momento culminante, Guadix aclama al "Cristo de los Gitanos",
que un año más, a pesar de su agonía, baja victorioso de la ermita.
Paulatinamente nos vamos adentrando en la Semana de Pasión accitana. El Martes
Santo desfilan por nuestras calles el Stmo. Cristo de la Flagelación y María
Stma. del Refugio. Cuando "el Cristo de los Carpinteros" parece en la recoleta
plaza de Santa Ana, un escalofrío de emoción se esparce entre los cientos de
accitanos que se agolpan ante las puertas de su iglesia. La muchedumbre
permanece estática, se preguntan unos a otros: ¿Qué le habrán hecho? ¿Porqué han
preferido a Barrabás y no a Él? ¡Por fin el misterio se desvanece! pero no
aparece un hombre ultrajado sin piedad, se trata del mismo Dios irradiando
majestad ante un atroz suplicio. El "paso" va avanzando entre tinieblas que
inundan la cuesta del Chorro Gordo, sobre los hombros prestos de sus costaleros,
mientras que el caer de los látigos de los verdugos va salpicando nuestras
calles, tiñendo las capas de los penitentes con la sangre cárdena de Cristo.
Por fin, en este desfile por la Semana de Pasión accitana, va a aparecer la
Virgen. Será con las primeras luces del Miércoles Santo cuando nuestra catedral,
consagrada bajo la advocación de Santa María de la Anunciación, se vista de
gala. La puerta principal se abre de par en par y a lo lejos, entre miradas de
tristeza y admiración, aparece la Stma. Virgen de la Esperanza, mientras que un
soplo de primavera impregna la espaldad de nuestra Madre y las túnicas de sus
penitentes.
El señorial
y acogedor barrio de Santiago amortigua la pena de nuestra Madre, sus camareras
le acompañan en el dolor, mientras que una noche más el pueblo se congrega en
los accesos a la catedral. El barrio Latino acoge deseoso a nuestra Madre de la
Esperanza, mostrándonos un marco de indescriptible belleza. La Virgen, por una
sola vez, no ha podido complacernos, su Hijo es ya "reo de muerte".
Cuando aún
no se han apagado los ecos de la Marcha Real, a lo lejos se percibe el sonido
ronco y cansino de un tambor que anuncia la salida en "Vía Crucis" del Stmo.
Cristo de los Favores, María Stma. de la Humildad y el Stmo. Cristo de la
Sentencia. De nuevo es la iglesia de San Miguel la que se convierte
en el centro de atención para accitanos foráneos, a los que se les hace un nudo
en la garganta cuando "los Favores" traspasa el umbral de la puerta, entre
tinieblas, acompañado sólo de la tenue luz de los cirios que empuña un
larguísimo rosario de hermanos.
A
continuación, ¡la Humildad!, los faldones del "paso" arrastran mientras que no
se escuchan los pies al andar; los ojos del capataz miran el dintel de la puerta
mientras que exige a sus costaleros un esfuerzo sobrehumano para salvar la
portada, ya que es imposible salir si no es ¡de rodillas!. Son unos momentos de
intensa espera, de contener la respiración mientras que la imagen va salvando
paulatinamente tan dificultosa salida; por fin un murmullo de admiración arranca
de todas las gargantas cuando los costaleros recobran su estatura normal y se
ponen en pie para iniciar el recorrido. Esta situación arranca la primera saeta,
ya que Guadix es una ciudad andaluza en donde el quejido y el arte se imbrican
en un solo elemento: el cante.
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¡Madre mía de la Humildá
no te debes preocupá
que tu hijo no esta muerto,
sino esperando el momento
en que por tu santo nombre
a toós nos perdonará!
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El Jueves
Santo junto con el Viernes y el Domingo de Resurrección representan la trilogía
clave de la Semana Mayor. El primero es el día del amor, el segundo el de la
Cruz, mientras que el Domingo es el día de la alegría. En esta tarde del Jueves
el escenario ha cambiado de ubicación, el protagonismo pasa al barrio e iglesia
de Santiago, cuyas puertas aún no se habían abierto en esta Semana de Pasión.
"Cristo ha
sido apresado mientras los discípulos dormían". Las puertas del templo se abren
de par en par, y tras la cruz de guía, dos largas filas de nazarenos inician
lentamente su estación de penitencia, unos con sus cirios encendidos que
recuerdan las antiguas hachas de cera, otros con pesadas cruces de madera a sus
espaldas, movidos por el deseo de emular a Simón de Cirine y acompañar a Cristo
en su renovada pasión camino del Gólgota. A continuación aparece Nuestro Padre
Jesús Nazareno ¡el Cristo de los presos!, que con su cruz a cuestas en una
siembre fecunda del perdón recorre las calles accitanas.
... Tu cara belleza aguda
Tus potencias de fina plata
Tu túnica morada pura
y tu Cruz rematada de
alpaca.
La gente
contempla con horror el cuerpo de Jesús, que ha envejecido considerablemente a
causa del sufrimiento. El mismo nos lo dice: "Venid y ved si existe un dolor
igual al mío". Guadix aclamará sin reserva a este Cristo martirizado, a "Nuestro
Padre del Gran Poder", que ya no saca presos de la cárcel como antaño. Si asiste
a la entrega de las llaves al convento de Santa Clara como símbolo de su tutela
sobre el mismo y como muestra de su triunfo ante el francés invasor.
Tras él,
cuando ya los últimos acompañantes toman contacto con la fría noche de la ciudad
y las velas más rebeldes van siendo dominadas por el fuego que acabará
consumiéndolas, los costaleros de María Santísima de las Lágrimas velan armas.
Fuera hay un silencio expectante mientras se observa al fondo cómo nuestra Madre
avanza lentamente hacia el portalón. El capataz ajusta al máximo la salida,
¡fuera laterales!, ¡cuerpo en tierra!, ¡muy despacio!; tras unos instantes
tensos, la imagen va dejando a su espalda el águila bicéfala del emperador
Carlos que corona la impresionante fachada plateresca de la iglesia de
Santiago. Ya en la calle, "las estrellas parecen asomarse mientras que un río de
lágrimas corre por las manos de sus camareras"; calle Ancha abajo, medida por el
generoso impulso de jóvenes alientos, va María mostrando a todos sus ojos
empañados por las lágrimas.
Será al
filo de la medianoche cuando ambas imágenes finalicen su estación de penitencia;
la muchedumbre congregada en el Compás de don Gaspar de Ávalos aguarda el
momento siempre emotivo de la despedida, en la que se mezcla el regusto del
espectáculo con el sabor amargo del adiós.
Cuando el
extremo del manto del manto de Nuestra Señora cruza el dintel, el ambiente se
preña de un sobrecogedor entusiasmo, mientras suenan aplausos que atronan el
aire ya frío de la noche accitana.
A
continuación, sin tiempo para reflexionar, la cruz de guía del Stmo. Cristo de
la Luz está presta para abrir calle, sus cofrades han sellado sus labios
mientras que solo se perciben las marciales órdenes del capataz entre calma y
silencio. En este momento "los labios redentores se habían abierto en la cruz,
como un cáliz de flores, mientras, en la tierra, sin luz", Jesús ha intercedido
al Padre: "Perdónalos, te lo ruego en mi dolor, luzca en el caos profundo el
iris de mi amor". Cristo ha expirado; el desfile del Stmo. Cristo de la Luz por
nuestras calles, con sus ojos apagados, con su boca cuajada en el rictus de su
ocaso, es una patética estampa que mueve a la penitencia y al dolor.
Pero el
Cristo de la Luz no se escapará como si fuese un breve resplandor, sino que
aguardará a la mañana del Viernes, donde la Virgen de los Dolores ha salido al
encuentro. Cristo, el de Naín y Caná, pende inerte de la cruz, "en el gran
tumulto Ella lo ha sabido, su hijo ha aceptado la voluntad del Padre, María lo
ha visto y ha sentido el dolor en su alma. Más que encuentro ha sido
corredención, "el Señor es contigo". La ciudad entre nubes que marchan se
conmueve, calla, siente; mientras que el llanto doloroso de la Virgen es
amortiguado por cirios y claveles y por el rico palio, amén del generoso
esfuerzo de sus costaleros.
Tras la
despedida, Nuestra Señora de los Dolores inicia el retorno por la Cuesta del
Caño hacia el convento e iglesia de la Concepción. Hay que contener el aliento
cuando las bambalinas del palio rozan las paredes del vetusto convento con el
simple movimiento del caminar ya cansino de los costaleros.
En esta
mañana del Viernes también acuden a la cita los "pasos" de San Juan Evangelista
y el grupo del Stmo. Cristo del Descendimiento. Se advierte en el desfile del
discípulo amado un gran frescor y jovialidad en sus cofrades, subyaciendo debajo
de cada capucha un mundo de ilusiones y de sueños.
El Apóstol
abre su trono, realizado en madera noble y guiado con manos sabias, deja
impronta de su fidelidad a Cristo al mismo tiempo que nos muestra su tristeza
e incapacidad para impedir tan doloroso trance. No obstante subyace en su fuero
interno un halo de tranquilidad, ha sido testigo de excepción cuando Jesús ha
nombrado a María nuestra Madre y Redentora.
El otro
"paso" que completa la mañana del Viernes será el grupo del Stmo. Cristo del
Descendimiento; es desde su fundación una de las estampas más estremecedoras de
la Semana Santa accitana, residiendo por expreso deseo de sus fundadores en la
ermita de Ntra. Sra. de Gracia, entre aquellos promontorios de arcilla
significadores de santos lugares.
En la
contemplación del "paso" comprendemos como cada integrante tiene una misión que
cumplir, destacando el cuerpo inerte de Cristo, que es bajado de la cruz de
forma delicada. Los integrantes de esta cofradía quieren ser notarios del
destino que espera al cuerpo de Jesús, y como gente sencilla y sufrida que son
asisten al doloroso momento de depositar a Cristo en su lecho de muerte.
La
tarde-noche del Viernes tiene especial significación con el desfile del Santo
Sepulcro, donde la imagen patética y desgarradora de Cristo se exhibe sobre un
túmulo flanqueado por cuatro austeros cirios. Entre un patetismo exultante, los
chorros del rojizo líquido se desparraman por extremidades y costados,
impregnando de tristeza la noche accitana.
El gran
momento tiene lugar en la calle de San Miguel, por donde desciende el
impresionante túmulo con ritmo lento pero firme. Su Madre, María Santísima de la
Soledad, arropada por miles de accitanos, le espera; el encuentro entre ambos
resulta de un patetismo casi indescriptible, imbuido en una belleza sin
parangón. Mientras, la muchedumbre, apoyada en las limpias voces de la
Escolanía, entona un conocido motete:
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"Sálvame, Virgen María,
óyeme te imploro con fe,
mi corazón en ti confía,
Virgen María sálvame.
No te olvides de la hora,
en que te nombró Jesús,
mi madre y protectora,
desde el árbol de la cruz".
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Tras
el encuentro, ambos "pasos" inician el camino hacia la última morada, portados
por sus respectivas cuadrillas de costaleros. El patetismo de la "Soledad" y su
perfecto mecer encontrará eco en la saeta:
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... Sola en errante camino
porque has perdido a tu Hijo
¡Qué triste es el destino!
¡Madre de la Soledad!
que tengas tú que sufrir
para abrirme yo un camino.
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La
cuesta de San Antoñico se hace tediosa, todos desean llegar pronto a la iglesia
para pasar la horrible pesadilla de este día. La plaza de Osario será el lugar
de la despedida, "la Soledad" aún debe descender hacia su sede, el antiguo
convento de Santo Domingo. Había caído la noche suave y furtiva cuando inició la
carrera; ahora, a la vuelta, es noche cerrada y fría. No obstante, la gente se
congrega en los aledaños del templo para despedir a la "Virgen sanmiguelera", a
la que le piden protección ayuda y amparo.
La Semana
Santa no finaliza con la última procesión del Viernes, si así fuere, no tendría
sentido para los cristianos; nos falta la guinda del Domingo. Dos días más
tarde, desde el cementerio de San José, desfilará la imagen del Stmo. Cristo
Resucitado; el Cristo triunfador recorre nuestras calles en testimonio de su
triunfo sobre la muerte.
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"Los cipreses se blandían,
ya no creían en Dios
lo sentían, lo palpaban
lo miraban, lo adoraban
lo veían que caminaba
que se movía, que suspiraba
que vivía, que existía
que salía caminando
el que a la muerte venció,
y al pasar por el arco viejo
casi rozando pasó,
y al bajar por el
paseo
el rocío nos untó,
y las lágrimas brotaban
desde dentro del corazón,
eran lágrimas de envidia,
de esperanza
porque el Cristo Resucitó,
y al pasar la primera puerta
la Marcha Real se entonó
y una gran traca anunciaba
de Cristo su resurrección,
y enfiló la carretera,
y por la Magdalena pasó
entre cánticos de gloria,
y expresiones de corazón
y las campanas al vuelo
a su paso San Miguel echó,
y en carrera triunfante
a la catedral llegó
entre tracas y campanas,
aplausos y ¿qué sé yo?
se leyó un panegírico
que su gloria mucho glosó,
y la gente enardecida
en aplausos prorrumpió,
y las campanas al vuelo
de nuevo anunciaban su
razón,
y este paso de vivencias
de gloria y resurrección,
entre apoteósicos vivas
a la Concepción llegó,
y quedóse alli un año
de testigo de redención,
de testigo de vida eterna,
de testigo de paz y amor".
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Ya
próximo a la catedral, el jolgorio de la noticia se fundirá con los perfectos
acordes del "Aleluya" de Haendel que resuenan en el interior. ¡Qué broche tan
bello para este somero recorrido por la Semana Santa Guadix, que, ahora si,
torna a su fin!
Santiago Pérez López (1991)

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