Hermandad del Santísimo Cristo de la Luz y María Santísima de la Amargura.
Parroquia de Santiago - Guadix .
 

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    Reproducimos aquí el texto íntegro del pregón pronunciado por Don Santiago Pérez López, doctor en historia, el día de la bendición de María Santísima de la Amargura
 
 
LUZ Y AMARGURA
 
        Excelentísimas autoridades civiles y militares.
        Sr. Presidente, Junta de Gobierno del Santísimo y hermanos del Santísimo Cristo de la Luz y María Santísima de la Amargura.
        Sr. Presidente de la Real Federación de Cofradías de Semana Santa.
        Sres. Presidentes de Hermandades y Cofradías de Guadix.
Señoras y Señores.
 
Es para mi un gran honor el participar en un acto tan importante para vuestra cofradía como es la bendición de esta magnífica imagen de María Santísima de la Amargura, por lo que vaya por delante mi más sincero agradecimiento a la Junta de Gobierno, y por supuesto, a su autor..
 
Septiembre es un mes mariano por excelencia. Hoy día quince, la Iglesia celebra la festividad de los siete dolores de la Santísima Virgen. Es también el día de nuestra patrona la Virgen de las Angustias, y en él, deben celebrar su onomástica las dolorosas de la Amargura, Dolores, Lágrimas, Soledad de Nuestra Señora o del Mayor Dolor.
A esta efeméride tenemos que añadirle que ayer, 14 de septiembre, fue el día del Santísimo Cristo de la Luz, titular de la Cofradía.
Por tanto, no podía elegirse mejor momento para bendecir una nueva imagen, la de María Santísima de la Amargura, que viene a ocupar un importante hueco en la Semana Santa Accitana, al tiempo que colma una de las viejas aspiraciones de los miembros de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Luz.
Yo, esta mañana vengo a hablaros de lo que sé, de historia, de Semana Santa, de vuestra Cofradía, y por supuesto, también me voy a referir a la excelente  imagen de María Santísima de la Amargura que hoy se bendice.
 
La dilatada Historia de nuestras hermandades y cofradías está salpicada de grandes momentos como el que hoy nos concita en este templo mudéjar de Santiago.
Hace sesenta años, un 18 de septiembre de 1942, un grupo de accitanos se reunían en la sacristía de esta iglesia para reanudar la tarea iniciada siglos antes por sus antecesores. Se trataba de recuperar el culto al Santísimo Cristo Crucificado de Santiago, el Cristo de la Luz, tras los dolorosos acontecimientos de la Guerra Civil.
Vosotros, sois los continuadores de una devoción y de una cofradía que se erigió en este templo de forma oficial en el año 1714, aunque sus orígenes se remontan al siglo XVI. Desde entonces, han sido muchas las vicisitudes por las que ha pasado. La vida de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Luz, al igual que otras de nuestra ciudad han sido un continuo ejemplo de superación de dificultades.
A finales del siglo XVIII tuvo que salvar la afrenta e incomprensión de la jerarquía que quiso juzgar a todas por el mismo rasero, prohibiendo la salida del Cristo por las calles de Guadix. Sus responsables, Luis Vidal y Antonio López, tendrán que elevar el 9 de marzo de 1782 un oficio al corregidor de la ciudad, solicitando autorización civil para sacar la imagen a la calle el Viernes Santo, alegando que llevaban cerca de 200 años acudiendo a la cita con los accitanos en las calles de Guadix.
 
La presencia francesa en nuestra ciudad entre 1810 y 1812 aumentará la devoción de dos imágenes que se veneran en esta Iglesia. Nuestro Padre Jesús Nazareno El Llavero y el Cristo de la Luz.
La conventona de Santiago, el mal trago del general Corvineau y la imposibilidad de saquear el convento de las monjas clarisas, son determinantes para que los accitanos acudan a ambas imágenes en momentos de dificultad, sabedores de su fuerza intercesora ante Dios en la resolución satisfactoria de sus problemas.
Las rogativas públicas a partir del siglo XVI se celebran por múltiples causas: conflictos bélicos de importancia, fenómenos naturales, (sequías, tormentas, terremotos) o por enfermedades infecto-contagiosas como el cólera.
 
         En el año 1834 se desató en Andalucía una devastadora epidemia de cólera, que estaba provocando grandes estragos en la ciudad con un importante aumento de la mortalidad. Esta había llegado a Guadix en el verano de 1834, esparciéndose de forma casi inmediata en Guadix y poblaciones de su Obispado.
 
         En la capital diocesana, junto a las medidas higiénico-sanitarias, se alzan voces solicitando la intercesión del Cristo de la Luz. El 29 de junio de 1834, una comisión de once vecinos, en representación de la ciudad, solicitan al presidente y Cabildo catedral de Guadix que: " ...graduándose los males qe se experimentan en ella, y aun en otros muchos pueblos de las Andalucias hasta el extremo qe V.S.Y. observa; y siendo el unico medio qe nos queda pa. aplacar la ira del Señor el rogarle, y pedirle con la mayor instancia pa qe suspenda el azote con que aflige y amenaza exterminar...";  accediese al traslado a la catedral de " ...la efigie del SSmo. Cristo Crucificado que se venera en la Parroquial de Santiago, por ser una de las de mayor devocion del pueblo...". Se pretendía celebrar un solemne novenario y rogativas públicas pertinentes. El día 30 a las cinco y media de la tarde, se trasladó la imagen del Cristo desde Santiago hasta la catedral en donde se iniciaron las preces y rogativas de costumbre por espacio de nueve días, a cuyo término se celebraría la procesión general de rogativa hasta su templo. En el mes de septiembre la epidemia había remitido tanto, que el propio obispo accitano, José de Uraga Pérez, anunció el fin de la misma.
 
         De este episodio extraemos una consecuencia, y es el valor que la imagen del Cristo había adquirido entre los accitanos, acostumbrados a implorar la benevolencia e intercesión del patrono San Torcuato en momentos de dificultades. Quizá la popularidad del Crucificado habría que relacionarla con los sucesos de la Guerra de la Independencia en nuestra ciudad, especialmente los relacionados con el convento e iglesia de Santiago. Dicen que la imagen del Cristo, para evitar que cayese en manos francesas, fue tabicada en una habitación para evitar su profanación, se le dejó una lamparita, que según la tradición permaneció encendida hasta el final de la ocupación de las tropas napoleónicas. A partir de estos años, la popularidad de la imagen se va acrecentando, hasta el punto de que la festividad del 14 de septiembre se convierte en todo un acontecimiento público para la ciudad.
 
         El Cristo Crucificado comienza a denominarse de la Luz, denominación que aparecerá reflejada en documentación oficial a partir de 1925, fecha en la que se elaboran los nuevos estatutos de la cofradía.
 
Torcuato García Ferrer, Manuel Burgos Haro, Juan Antonio Moreno, Manuel Rodríguez Jiménez, Fandila Sánchez García y José María Lechuga fueron los encargados de solicitar la aprobación de los estatutos el 14-2-1925. El obispo Ángel Marquina Corrales los aprobará finalmente el 16 de marzo de 1926.
         El texto recoge los fines y aspiraciones de la Cofradía. El fomento de la devoción del Cristo de la Luz, la celebración de cultos solemnes y la procesión de la imagen el Viernes Santo por la mañana, es un fin primordial. Pero al mismo tiempo, la Hermandad recoge la tradición benéfico-asistencial de las cofradías accitanas que surgieron durante el Barroco.
         Por eso no debe extrañarnos que se haga tanto hincapié en la atención a menesterosos y los difuntos, en esa práctica habitual de solidaridad ante la muerte. Velar al hermano difunto, aliviar el dolor de la familia, acudir con el estandarte al entierro y sufragar parte del costo del mismo era norma habitual de esta cofradía en pleno siglo XX. Práctica que se relaciona con la costumbre que tenía la cofradía de encerrar en Santiago la imagen del Cristo de la Luz tras la procesión del viernes, continuando sus cofrades hasta la concepción para hacer lo mismo con su madre, la Virgen de los Dolores.
 
En estos años, se establecieron tres clases de hermanos: luz, horquilleros y hermanas. Una de las polémicas más importantes que estuvieron presentes en la vida interna de la hermandad durante varias décadas fue el asunto de la Indumentaria: los estatutos eran taxativos en este asunto: todos los cofrades que acompañasen al Cristo de la Luz durante la estación de penitencia llevarían traje corbata y zapato negro.
        
         Esta indumentaria contrastaba con la que llevaban las demás cofradías de la ciudad, túnica, capirote y capa, por lo que se produjeron varios intentos de modificar esta costumbre. Los intentos dieron lugar a anécdotas que no me resisto a contarles, como la sucedida durante la República.
 
Tras la Guerra Civil el panorama no puede ser más desolador. Las iglesias habían sido saqueadas, las imágenes destruidas, los ajuares perdidos, la prolija documentación de la mayoría de las cofradías fue pasto del fuego por temor a ser descubiertos sus tenedores.
A los dos años de terminar esta pesadilla, los hermanos del Cristo de la Luz comienzan a organizarse, mantienen contactos entre ellos y se plantean como reto fundamental conseguir una nueva talla del Crucificado.
En enero de 1942 Rafaela López de la Cruz, viuda de Emilio Martínez Dueñas muestra su intención de donar la imagen del Cristo a la cofradía. Imagen que se encarga al maestro Del Moral Herrans, a través de Lorenzo Martínez Dueñas. Se aprovecharon los remates de la cruz antigua y la corona de espinas. La donante fue nombrada en 1944, presidenta de honor de las Camareras desde 1944.
La consagración del titular se llevó a cabo el 4 de noviembre en la catedral tras su traslado desde la iglesia de la Estación. La traída de la imagen había supuesto un reparto extraordinario a los hermanos de 15 pesetas.
En este momento la Junta de Gobierno de la Hermandad estaba presidida por José García Sánchez, al que le acompañaban Fandila Sánchez Leyva, José Chamorro Daza, José Salmerón Fernández, Ángel Córcoles Sáinz Pardo, Juan Delgado Roquer, José Valero Porcel y Carmelo Valverde Gómez.
En 1945 sale la cofradía a la calle, el viernes santo por la mañana. Para el año siguiente se plantean dos grandes innovaciones: adquisición de un nuevo paso y la salida de sus cofrades vestidos de penitentes. Se rompe una tradición del Cristo de salir con traje negro.
         Estos años en los que aún no estaban las cofradías consolidadas son un tanto especiales, ya que era habitual la cooperación entre ellas para sacar adelante algunos proyectos o promover determinadas salidas procesionales un tanto especiales, buena muestra de ello es que la cofradía del Cristo sufragó la salida conjunta con la Virgen de las Angustias, acontecimiento que se celebró en 1945; por este concepto pagaron 50 pesetas a cada cuadrilla de horquilleros encargadas de portar respectivamente los tronos del Cristo y de la Patrona.
         En 1946, siguiendo con esa serie de actividades para potenciar nuestra Semana Mayor, la cofradía del Cristo de la Luz, elevará una petición al vicario general de la Diócesis en la que le solicita licencia para exponer la imagen titular, en forma de jubileo, durante los días de celebración del quinario de Cuaresma, petición que obviamente fue autorizada.
         Los años cincuenta traerán la consolidación definitiva de esta cofradía, cuyos miembros cooperaron notablemente, aportando su esfuerzo, en la recuperación de la Semana Santa accitana.
El 19 de abril de 1953 numerosos miembros plantean la necesidad de contar con una virgen “con la finalidad  de evitar a la Cofradía de Ntra. Sra. de los Dolores el tener que desfilar varias veces en la Semana Santa; así como poder seguir la nuestra el itinerario que desea”. El párroco contestó que la parroquia contaría en breve con una imagen (Las Lágrimas). Esta vieja aspiración de contar con una Virgen se ha cumplido medio siglo más tarde.
  
***
María es el nombre de la Madre de Dios. Nombre rotundo y sonoro que despierta ecos de amor y resonancias de devoción en el corazón de los cristianos. Pero para la devoción popular este nombre se queda corto, hay que añadirle otros, como a modo de apellidos, que la identifiquen más con nosotros y con el momento de su vida que queremos resaltar.
Las advocaciones propiamente dichas de la Semana Santa surgen en torno y son variantes del título de nuestra Señora de los Dolores, cuyo culto se estableció en la Edad Media.
La iconografía de la Madre Dolorosa surge en torno a la práctica del Vía Crucis. Este ejercicio conmemorativo de la Pasión de Cristo, fue difundido en Andalucía por el beato Álvaro de Córdoba, al volver de Tierra Santa en 1420. Por esta razón se llama genéricamente dolorosa a cualquier imagen mariana que procesiona, tras el paso de Cristo, sin reparar en su advocación específica.
 
Con esta advocación se describe el hondo sufrimiento de la Madre ante la terrible muerte del hijo, teniendo como base principal el texto predicado por los franciscanos que decía así:
Stabat Mater Dolorosam; iuxta crucem lacrimosa, dum pendebat Filius, cuius animan gementem, contristam et dolentem, pertransivit gladius.
“La Virgen piadosa estaba, junto a la cruz y lloraba, mientras el hijo pendía, cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía”.
 
Estas líneas muestran, por un lado la entereza de la Virgen ante tan trágico momento, ya que el verbo latino Stare significa estar en pie, y por otro, su ternura de madre en esas lágrimas que según dicho texto derramó.
 
San Ambrosio niega que la Virgen llorase –no se menciona expresamente en el Evangelio-, quizá para darle mayor grandeza y firmeza a su figura, aunque desde un punto de vista humano lo más lógico es que una madre ante la muerte de su hijo llore amargamente.
Precisamente de esta meditación, provienen las advocaciones Amargura y Mayor Dolor, referentes al estado de ánimo producido en la Madre al ver los sufrimientos del Hijo en la calle de la Amargura, que le lleva a poner en sus labios el lamento conocido: Decidme si hay dolor, comparable a mi dolor.
Los nombres que representan la pena y el dolor que sintió la Virgen en los momentos de la Pasión de Jesús (Dolores, Amargura, Soledad), quizá los más apropiados para imágenes de la Virgen Dolorosa. El otro grupo son las imágenes dolorosas cuyos nombres no son típicamente pasionistas, sino que la honran con advocaciones llamadas de gloria.
En Guadix contamos con las advocaciones de los Dolores, Esperanza, Humildad, Lágrimas, Refugio, Soledad, Mayor Amor y Estrella. Nos faltaba la Amargura. Una advocación muy pasionista ya que la encontramos en Granada (Oración en el huerto); Cádiz (Humildad y Paciencia); Jerez (Flagelación); Huelva (Nazareno); Córdoba (Rescatado); Almería (El Encuentro); Málaga (la popular Zamarrilla) y por supuesto en Sevilla.
 
El culto a las imágenes no ha cesado de ser defendido por el magisterio de la Santa Sede.
1.- El Concilio Vaticano II recomienda insistentemente que los hijos de la Iglesia observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de las imágenes de Cristo, de la bienaventurada Virgen y de los Santos.
(Lumen Gentium n167. BAC, 1965, p.115).
2.- Pablo VI confirma el valor doctrinal de las imágenes como ayuda eficaz de la Iglesia en su función evangelizadora, y dice: "Nos ayuda a una buena iconografía religiosa del arte en la tarea de suplir la falta de una representación sensible de Cristo... deben ser alabados los que nos ayudan mediante sus imágenes a dar un paso adelante en el encuentro con Jesús" (Semanario Eclesia nº1526 de 23-I-1971, p.6).
3.- Juan Pablo II en la homilía de clausura del IV Centenario de Sta. Teresa, califica a las imágenes de auténtica Biblia de los pobres, con lo cual su validez en el mundo de hoy queda definitivamente afirmada. (Juan Pablo II en España. PPC, Madrid 1982, p.37).
Juan Pablo II afirma en una de sus encíclicas que “El creyente de hoy como el de ayer, debe ser ayudado en la oración y en la vida espiritual con la visión de obras que intentan expresar el misterio sin ocultar nada. El arte sacro debe tender a darnos una síntesis visual de todas las dimensiones de nuestra fe”.
 
Una imagen no se hace de una forma concreta por azar, sino que está en función del donante, del contratante o de postulados y tratados vigentes en la época. Los artistas del Barroco consultan meticulosamente los Evangelios Canónicos y Apócrifos, los escritos de los Santos Padres, los autores medievales, las revelaciones de Santa Brígida o las visiones de las Beatas Benvenuta y Verónica de Binasco.
 
La imagen de Semana Santa se crea para itinerar, para sorprender en la vía pública al transeúnte. Al convivir en la calle con los fieles, es objeto de la veneración pública. Su dramatismo, de marcada raigambre popular, mueve y conmueve a los espectadores. El sufrimiento de Cristo y la amargura de María, representados escultóricamente, constituyen la mejor lección plástica de la teología del pecado y de la gracia, de la Redención obrada por el Mesías doliente y del amor misericordioso de la Madre compasiva.
 
La iconografía religiosa desempeña tres finalidades fundamentales:
1.- Es pedagógica y catequizante.
2.- Espiritual; al buscar la glorificación de Dios, de la Virgen y de los Santos.
3.- Divierte y recrea. se busca la belleza, el placer, la variedad, la decoración, en definitiva, su valor estético.
 
         Todos estos condicionantes a buen seguro que han sido tenidos en cuenta por Francisco Romero Zafra, escultor cordobés y autor de nuestra Señora de la Amargura. Imagen de vestir, de tamaño natural, “Guapa y dulcemente amarga” como algún miembro de la Junta de Gobierno tuvo el acierto de calificarla.
 
         Sin lugar a dudas estamos ante una de las obras cenitales de nuestra Semana Santa. Tiene la virgen su rostro desviado un tanto hacia la derecha, como si no quisiera dar crédito a lo que San Juan le dice. El óvalo entrelargo, de buenas proporciones, mentón carnoso, redondeado. Nariz de finas aletas, aguzada por la ansiedad de los momentos que está viviendo. Ojos grandes, deslumbrantes, que miran sin ver; de ellos brotan lágrimas de amargura ante la muerte de su hijo. Sin embargo, apreciamos en la imagen una extraña apostura, una gallardía admirable con la que manifiesta su entereza en medio de la adversidad.
         Sus manos maternales, cálidas y acogedoras. En su manipulo parece recoger los difíciles momentos por los que está pasando. Parece caminar vacilante y llorosa, pero también erguida, reviviendo en el corazón la angustiada senda de su hijo.
         La imagen tiene el encanto de lo personal, marcadamente intimista, denotando una fuerte espiritualidad interior.
         La contemplación serena de nuestra Señora de la Amargura necesariamente tiene que dar lugar a versos tan hermosos como los que yo os voy a leer a continuación:
          
“Que amargas son las horas y las noches
Cuando ves a tu hijo ensangrentado!
¡Qué amargo es el desprecio y el enfado,
qué amargos la corona y los reproches!
¡Qué triste es ser la Madre dolorida
que camina por senda de amargura!
¡qué dulces tu expresión y tu ternura
aunque amargue la lucha por la vida!
¡Qué amargos los suspiros y el dolor
que lanzas con callados sinsabores!
¡Qué amargos son los cirios y las flores
que adornan tu belleza y esplendor!
Yo quisiera ¡ay, Madre de hermosura!
En este día de agradable brisa,
Alegrar tu dolor con mi sonrisa
Y borrar de tu cara esa amargura”.
 
¡Viva el Santísimo Cristo de la Luz!   ¡Viva María Santísima de la Amargura!
 
¡Ahí quedó!
 
Santiago Pérez López.
Iglesia de Santiago, 15 de septiembre de 2002.