Hermandad del Santísimo Cristo de la Luz y María Santísima de la Amargura.
Parroquia de Santiago - Guadix .
 

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JUEVES SANTO, PROCESIÓN DEL SILENCIO.

    Abre de par en par la luna del Jueves Santo su claridad de silencios. Con su presencia callada, serena se arrastra por las torrenteras de arcilla al tiempo que ilumina las calles, placetas y apagados recodos de este Guadix de arrabales. Noche de Jueves Santo.

    Sobre la reciedumbre monacal de las austeras clarisas se reclina, con acomodo de siglos, la Iglesia Parroquial de Santiago, perfecto enclave y cruce de estilos arquitectónicos.

    Arriba, sobre sus tejados, la luna golpea los encrestados lomos brillantes que protegen ricos y preciosistas artesonados mudéjares, arcos góticos y planta basilical.

    Bajo la portada bella y renacentista arrastran su pausada calma los costaleros enjutos, cetrinos y serios como la gravedad del momento.

    El decidido, sonoro y alargado son de la campanilla sacude el fervor contenido de la multitud y despierta la esperanza de un pueblo a oscuras y el sacramental silencio.

    Irrumpe en la noche de Guadix la majestad del Hijo de Dios hecho antorcha luminosa y guía para cuantos voluntariamente cojan su cruz y le sigan.

    La Luz de Cristo, el Cristo de la Luz está en la calle. Su resplandor ilumina hasta los rincones más apartados en los que se refugian las traiciones ocultas. Su claridad alienta los pasos angostos en los que dejan su piel los amores sinceros. Su luz alimenta la esperanza del joven, sostiene la gravidez del anciano y transforma y dulcifica las penas a cuantos se dejan invadir por su mirada.

    Es la larga noche de miedos, cobardías, lágrimas y lento amanecer de burlas y Jesús, allí en Jerusalén, sólo ante su dolor.

    Aquí, esta noche son testigos mudos para escoltarlo las coronas cuadradas de los torreones árabes, alertas vigías de los caminos que llegan a Guadix y más de cerca, la arrogante esquina del Balcón de Peñaflor. Asomado de bruces sobre la añeja baranda, desde lo alto, inclina toda su belleza y antigüedad ante Cristo que ha salido por enésima vez a transformar odio en amor, guerra en paz, oscuridad en luz.

    El pueblo contempla en amoroso silencio su paso. Solo el grito de un accitano bien templado interrumpe y alarga el maravilloso momento cuando la oración de todos se convierte en saeta de una sola voz que Cristo se detiene a escuchar.

José Luis Campoy.


CONTAGIO DE UN SENTIMIENTO.

    Yo llegué a Guadix una noche de noviembre conduciendo un autocar con cuarenta trabajadores  de Guadix.

    Empecé a entablar amistad con uno de ellos, Emilio. Al día siguiente me invitó a conocer a unos amigos suyos: Jesús Parra, José "ciegorrio", Antonio y Francisco "los popos", y desde ese momento dejé de ser el chofer catalán que los traía desde Manresa para empezar a ser el amigo Josep, que cada semana estaba en Guadix.

    Enseguida entendí el porqué de su amistad, eran hermanos del Cristo de la Luz. Un mes después yo también era hermano.

    Descubrí una Andalucía muy distinta de la que yo conocía, la de "la Semana Santa de Guadix". Cargada de fe y tradiciones que yo desconocía. Poco a poco empecé a compartir esas tradiciones y me gustaron porque eran las tradiciones de un pueblo que las sentía muy suyas, pero las compartían con una persona que no era de Guadix. Consiguieron hacerme sentir como un accitano más.

    Días antes de Semana Santa me ofrecieron la posibilidad de sacar el Cristo de la Luz en Vía Crucis, cosa que acepté encantado. Desde ese momento tuve conciencia de lo que significaba el Cristo de la Luz y toda la Semana Santa para los accitanos.

    Compartí todos los preparativos del trono, traslado y montaje de la rampa del Arco de San Torcuato, etc. Cuando vi salir al "Cristo" en la Procesión del Silencio sentí una gran emoción. Durante el recorrido solo se escuchaban las instrucciones del jefe de horquilleros "popo". El momento más especial fue ver cómo pasaba el Arco de San Torcuato.

    En la procesión del Viernes, otro de los momentos que más me impresionó fue cuando se despide de las otras hermandades, con los saludos y entrada a la iglesia.

    Solo os pido que sigáis como hasta ahora, que no se pierdan las tradiciones, pues son lo mejor que tiene un pueblo.

    ¡Viva el Cristo de la Luz!

Josep Zayas

Manresa (Barcelona)


COSTALEROS DE LA LUZ

    Amanece, mas las tinieblas de la interminable noche del Jueves inundan la conciencia y la mente de los amigos de Jesús.

    Un nuevo día... ¿para qué? ¿No es suficiente con el abandono bajo los olivos, hasta sudar sangre? ¿No ha habido bastante con las burlas, los azotes, las ridículas idas y venidas, las negaciones? No, todavía falta la hora definitiva de la entrega suprema. Para ello, en la esperanzada mañana del Sagrado Viernes, Jesús aprieta sus plantas sobre la amarga cuesta que conduce al Calvario. Se tambalea en soledad, en la fría soledad de la multitud; multitud agresiva o, como poco, indiferente; alguno, tal vez, disimula su pena vergonzante. Los suyos a distancia.

    Y hoy, ¿dónde se encuentran sus seguidores?

    En este primer Viernes Santo del tercer milenio de su nacimiento los cristianos sinceros se funden con los turistas de primavera, con los cazadores de fotografías bonitas, con los coleccionistas de culturas antiguas. Todos se agolpan para contemplar -cada quien con sus propios sentimientos- el paso, ida y vuelta, de una bella imagen, obra de inspiración humana, esculpida en 1942 por el artista Del Moral Herrans, su dolorido semblante inclinado hacia delante; es la imagen de Jesús clavado en la Cruz. En este soleado recorrido de la amargura accitana sus costaleros jadean al ritmo de su andar penitente. Sobre los hombros, el infinito misterio. Misterio que no acabamos de encajar, que no comprendemos, no obstante tantos siglos para su contemplación: El esperado, el deseado del pueblo judío -su salvador- ahí lo lleváis, ajusticiado por la injusticia, la envidia, la cobardía, la avaricia, el miedo. Ejecutando al uso y costumbre del tiempo, viejos tiempos de oriente que hoy reverberan con saña teledirigida.

    Muy bien sabéis sus portadores que enarboláis el árbol del que cuelga la salvación del mundo y levantáis la antorcha que vence a las tinieblas.

    A paso lento meditáis sus palabras certeras como los hechos que las acompañaron:

    "Levántate y anda", "Lázaro, sal fuera", "Coge tu camilla y vete", "Mujer, yo tampoco te condeno. Vete y no peques más", "Bienaventurados los pobres, los que sufren, los pacíficos... porque de ellos es el reino de los cielos"; "Amaos como yo os he amado"...

    Mas, por encima de todo, aparece en vuestro horizonte, aferrados en piña al varal, la realidad definitiva de su resurrección- Así, marcháis bajo La Luz, el encanto de los cielos, cual Orión en la noche, calle San Antoñico arriba, San Miguel abajo, encrucijada de las Américas para enfilar, todos sudorosos, la calle Ancha e irrumpir en la multitudinaria y expectante cuesta de la Fuente. Aquí os detenéis antes de entrar en el domicilio donde aguarda el mismísimo Jesús vivo real y verdaderamente presente. Jesús, desde la cruz, se vuelve a su dolorida Madre que le sigue:

    "Madre, ahí tienes a tu hijo -a tus hijos-", "Hijo, -hijos- ahí tienes a tu Madre". La emocionada reverencia de despedida que le hacen la Madre y el discípulo amado nos acerca al momento histórico en el que Cristo entregó su espíritu. Pero no lo busquéis entre los muertos porque vive y nos espera. Su cuerpo glorioso, en el cielo; su presencia viva, hecho alimento, en la Eucaristía, a nuestro alcance. Está con nosotros. Es su palabra. ¿La conocemos? ¿lo creemos? ¿Somos los costaleros de la fe?

José Luis Campoy


¡VIVENCIAS!

    A lo largo de mi efímera existencia, a lo largo de mi formación intelectual y humana, a lo largo de todos estos años desde que fui invitada a la maravillosa experiencia de la vida, en este proceso de maduración personal, he intentado analizar mi «yo» más profundo y he llegado a la conclusión de cuáles son las dos cosas capaces de sobrecoger mi alma: una de ellas, la música, parte indiscutible de mi persona; la otra la constituye mi personal vivencia de la Pasión de Cristo.

    Cuando llego a la iglesia el Jueves Santo, poco antes de la medianoche, me cuesta creer que haya podido pasar un año desde el último Jueves Santo, y unos dieciocho años desde que soy hermana del Cristo de la Luz. Dieciocho años en los que he visto como en mi familia se iba forjando la preparación a la Semana Santa. Son muchos años viendo a mi padre escribir en el libro de Actas, tras las reuniones, oyendo a mi padre y a mi hermano discutir acerca de la forma de redactar las cartas para las personalidades que hubieran de venir, contemplando a mi madre haciéndonos los trajes de penitentes y, aunque parezca gracioso, pegando sellos para los boletines y cartas a los hermanos, un año tras otro. Para mí, son dieciocho años de visiones que permanecen grabadas en mi memoria y que guardo con cariño en mi corazón; para mi padre, son unos treinta años siendo miembro de la Directiva y, lo que es más importante, formando parte de esta hermandad, pero no solo de la hermandad del Jueves y Viernes Santo, sino la hermandad de hombres, con pretexto de reuniones y con el fin de engrandecer esta «comunidad de hermanos» teniendo como causa y finalidad a Cristo.

    En fin, el proyecto y el proceso año tras año que mi padre nos irradió a toda la familia y del que seguimos siendo partícipes. Miro hacia atrás y me parece que fue ayer cuando veía a mi hermano llevando el libro de Actas o representando a la Hermandad del Domingo de Ramos; ahora, es uno de esos fervorosos costaleros, y su anterior privilegio pasó a mí, transformando mi experiencia en la procesión. O cuando mi padre llegaba y le contaba a mi madre lo que habían tratado en la reunión, o nos contaba los proyectos que habían previsto. También recuerdo cuando mi hermano iba poniendo carteles del Septenario tienda por tienda, cuando mi padre se iba la noche del Miércoles Santo a poner las flores en el trono, o cuando le acompaño al turno de vela. Mi madre me recuerda esos primeros años en los que mi hermano comenzó a salir, tendría unos cinco años e iba un poco desastroso con la capa torcida y el libro de Actas bajo el brazo y los penitentes que le acompañaban le ofrecían caramelos. Para mí, esto constituía una experiencia enigmática cuando era pequeña, porque no entendía muy bien el porqué de todo eso ni porque le gustaba tanto a mi hermano. Ahora yo soy partícipe de esa experiencia que, conforme voy creciendo, enriquece mi persona.

    Pues bien, la causa de que «ésta» sea una de las experiencias más significativas de mi breve existencia quizá sean esos pequeños momentos en los que he visto a personas cercanas a mí abrumados por la emoción un Viernes Santo y dejando escapar alguna que otra lágrima de sus emocionados ojos, o también los momentos en los que, llevando el libro de Actas, vuelvo la vista hacia atrás y lo veo ahí, en su calvario a hombros de hombres fervorosos. Quizá sea una de las experiencias que más me sobrecogen: volverme y verlo ahí, y pararme a mirarlo, y sentir que voy delante de Él, y me gusta saber que cuando me vuelva seguirá ahí. Pero, sin duda alguna, cuando lo acompaño en su calvario nocturno experimento un cúmulo de emociones indescriptibles; el silencio, la hilera de velas que desemboca en «LA LUZ» que rompe la oscuridad de la terrible noche y te insta a pensar en su sacrificio y en su cada vez más olvidado mensaje. Son momentos en los que mi corazón se siente embargado por la emoción.

    Finalmente, me queda por decir que para mí constituye un orgullo pertenecer a tan admirable Hermandad, no sólo por el prestigio y la importancia de que goza, sino por poder comprobar que es una hermandad verdadera, y me gustaría poder agradecer a alguien estas «visiones», pero como me resulta imposible encontrar a una sola persona que merezca mi agradecimiento, se lo agradezco a toda la Hermandad y, en particular, a la vida, que me ha posibilitado experimentar tan gratificantes experiencias.

Mª. Luz Parra Sánchez.


LLORAD POR VUESTROS HIJOS...

    ¿Cuál debe ser el objeto más importante de nuestras preocupaciones? Es una pregunta que todos debemos hacernos y debemos buscar una respuesta correcta. Ninguno de nosotros quiere equivocarse. La verdad es que fácilmente nos equivocamos,, nos desorientamos y optamos por respuestas que, aunque no sean malas, después encontramos no ser las mejores. Hay actitudes, fijaciones naturales que oscurecen, sin embargo, nuestra mirada hasta que una voz, un chispazo de claridad, nos descubre otros centros a nuestra mirada.

    Las piadosas mujeres que acompañaban a Jesús y le seguían en el camino de su pasión no podían por menos que sentir y manifestar su compasión, su lástima de Jesús. Muchos tendrían sin duda, cerradas sus entrañas a la compasión, a la misericordia. Suponía en ellos la indiferencia y la misma aversión a la persona, para ellos extraña, la enemistad cuando no el odio feroz hacia el otro, considerado mentiroso,  estafador, mala persona. Otros con entrañas al menos más humanas, ante el triste espectáculo del dolor, del sufrimiento ajeno, y más del inocente, del que consideraban cercano y bueno, abren su corazón y dejan escapar sus sentimientos buenos, de compasión, de bondad. Pero ¿de quién sentir compasión?

    Jesús nos cambia el sentido, la dirección de nuestra compasión. "No lloréis por mí, dijo Jesús, llorad por vosotros y por vuestros hijos". ¡Qué razón tenía al decirnos que hemos de llorar por nosotros y por nuestros hijos! ¿Qué hemos hecho de nuestras familias, de nuestros hogares? Todos reconocemos los embates terribles a que está sometida la familia en nuestra sociedad. Centro de intereses, a veces bastardos, lugar de satisfacción individualista, hogar de paso, pensión barata, tertulia de entretenimiento, lugar de enfrentamientos mutuos, tejido frágil, fácil a la infidelidad... ¿Y de los hijos? Carga insoportable, carne de cañón, campo de diversas experiencias de toda clase, materia utilizable para muchas canalladas que se cometen en este mundo. Y así los tenemos utilizados, abandonados, poco queridos, desecho de una sociedad consumista y desorganizada. ¡Qué razón para llorar por los hijos! Porque si hacen esto por el leño verde, CONMIGO, leño de vida... ¿qué no harán con el leño seco, sin vida, con el leño de una infancia y una juventud tan maltrecha, tan sin fuerzas espirituales, tan sin orden y principios... Expuestos a ser aniquilados, a ser tragados ferozmente.

    Es una urgencia que tengamos más cuidados, llorar por los hijos, y poner más cariño y ternura y fuerza en la defensa de nuestros hijos. Que no nos lo roben, que no nos lo maten.

José María Hernández Ballesteros.


PODEMOS HACERLOS FELICES.

    Como miembro de la Asociación granadina Amigos del Sahara les escribo esta carta para darles las gracias por su colaboración en hacer posible la venida de un niño saharaui a nuestra zona.

    El pueblo saharaui vive en el exilio desde hace más de 25 años en campamentos de refugiados situados en la región centro-occidental argelina de Tinduf. Estos campamentos se estructuran en cuatro grandes núcleos promocionales llamados "Wilayas" que son: Aaiún, Dajla, Smara y Auserd.

    Su clima es hiperárido, con temperaturas que oscilan entre los 6º en Enero y los 60º en el verano. Viven en tiendas de campaña llamadas "jaimas" sin luz ni agua.

    Estos niños tienen carencias sanitarias y alimenticias, con traerlos aquí les ofrecemos la posibilidad de tomar una dieta equilibrada y variada, también una cobertura sanitaria para poder solucionar cualquier problema de salud.

    Les damos la oportunidad de que puedan disfrutar de cosas tan sencillas como montar en bicicleta, ir a la piscina, darse un baño, o simplemente ver salir agua de un grifo, que en su situación actual no lo pueden hacer. Se pretende también dar a los niños saharauis la posibilidad de que convivan con nuestros hijos y tener una imagen del mundo distinta de su realidad.

    En mi casa hemos acogido durante dos veranos a uno de estos niños y en él veíamos la realidad de lo que está pasando. Nunca se me olvidará el primer día que lo vi, era pequeño, menudo muy serio y asustado, aparentaba seis años aunque en realidad tenía ocho. Al cogerle la mano noté que estaba áspera, rugosa, quemada por el sol, cuando sus ojos negros me miraron noté un escalofrío, no podía concebir que hubiera niños sufriendo por la guerra, el hambre o el éxodo.

    De equipaje traía lo puesto, lleno de arena y suciedad. El primer día fue algo duro para él y para nosotros, no quiso comer ni hablaba nada, solo dormía, estaba exhausto ya que llevaba unos veinte días en un campamento al lado del aeropuerto esperando ser embarcado.

    Al pasar unos días ya se fue adaptando a nosotros, empezó a hablar y a reir. Un día me dió un beso y me dijo que éramos su familia de España, que nos quería mucho, eso me llenó de emoción. En estos dos veranos que lo hemos tenido ha sido un hijo para nosotros y solo pensamos en el próximo verano para volver a verlo si Dios quiere.

    De nuevo gracias por haber hecho feliz a uno de estos niños con su aportación. Que el Santísimo Cristo de la Luz y María Santísima de la Amargura les bendigan.

M. S. S.


ALGÚN DÍA

    Las calles respiran oscuridad. El murmullo se apaga. Desde lo alto alumbra la esfera celeste y blanca cuando nos convoca la impresionante desnudez del Cristo. El silencio se agiganta en esta media noche paralizada. Sólo suena el seco son: «en marcha»; es la campanilla de los costaleros. La sagrada imagen de Jesús en la Cruz se achica para traspasar el plateresco y bello pórtico del templo. En la calle ya, se eleva sobre sus pesares y comienza el lento caminar. Entre susurros contenidos recorre Jesús, sosegado y mudo, los caminos accitanos. Con su presencia inunda de esperanza las esquinas y rincones en penumbra.

    Como cada año, se repite el prodigio de otra luna llena, esta vez la de marzo, serena y fría; la de un marzo en su final, «cuando la golondrina viene y el tordo se va».

    La multitud, reflexiva y expectante, vive este paseo nocturno por los rodados asfaltos de nuestro Guadix de cada día. Acompañamos a Cristo en su noche más larga. Se le aproxima un Viernes Santo cargado hasta el cenit de entrega sin reserva, de infinito dolor y de ingrata correspondencia.

    Pronto es la hora del regreso. En la madrugada vuelve a casa, a su Parroquia, cuyo patronazgo ostenta el fiel Santiago, aquel discípulo que no dudó en lanzarse al fin del mundo entonces conocido para pregonar que el Maestro, el Hijo de Dios, había resucitado. En este templo transcurre su vivir y aquí preside, los brazos abiertos y los pies clavados, los innumerables momentos durante los cuales nos vemos quienes aspiramos a conocerle quisiéramos seguirle de cerca.

    Su mirada perdida sobre el rostro desvencijado parece señalar a todo el que entra que allí, a sus pies, aguarda en el Tabernáculo, lejos de toda apariencia artística, revestido de sencilla cercanía del pan, día y noche, allí... la razón definitiva de la vida cristiana: su real y auténtica presencia eucarística, ininterrumpida y viva desde aquella última cena con los suyos.

    Transcurren aceleradas las pocas horas, interminables, que faltan hasta el alba del Viernes. Atrás queda la agonía al otro lado del torrente Cedrón, la traición, la entrega, la desbandada de los amigos, incluida la negación y el sonrojo.

    Se despereza, avergonzada, la mañana de un día amargo, pero fértil. Los astros se esconden para que, en la tarde que divide en dos la Historia, se alce con fulgor propio el árbol de la cruz en el que cuelga la salvación del mundo.

    Y así, colgado de un madero, pasea y explica su, aún no comprendida, lectura de la vida. Roto por dentro, destrozado por fuera, escondidos los suyos, sube hasta el Gólgota de cada año, de cada día, de la mano del asesinado, del atracado, del traicionado, del hambriento. Lejos quedan los que le aplaudieron en Caná de Galilea, en Betania, en el mismo Jerusalén, o al otro lado del lago de Tiberíades... Distantes y hartos, inmóviles, permanecen quienes comieron su pan y su pescado. Corriendo otros caminos circulan con sus prisas los cojos, tullidos y todos los sanado por el Maestro. ¿Y dónde... las multitudes que escucharon su palabra?

    Así,  rodeado de tanta soledad, frente a la manipulada masa enfurecida, habla con el Padre y pronuncia la palabra definitiva en una clave que no logramos descifrar: «Perdónalos que no saben lo que se hacen».

    ... aprenderemos que seguirle es imitarle.

    Todo lo demás... ¿no lo convertiremos, tal vez, en hacer turismo?

José Luis Campoy


ILUSIÓN POR LOS MOMENTOS

    Estamos en Santiago y percibo una fe a mi alrededor porque se acerca el momento de salir a la calle con el Stmo. Cristo. Alboroto silencioso, los costaleros se acercan al trono y se colocan en sus puestos. Hay Tensión, ganas, nervios e infinitas sensaciones en una por lo que va a acontecer.

    Se escucha una llamada, la cual proviene de la puerta de la Iglesia, el silencio se hace más profundo en un mar de pensamientos. Las puertas se abren y comienzan a salir las filas de penitentes que van a acompañar a Jesús en un silencio interminable por las calles de Guadix. La gente se agolpa en la placeta de la iglesia con expectación por ver la luz en la noche. Se escucha la llamada del capataz con un campaneo muy seguido, y todos los costaleros se preparan para el paseo con su Jesús en la Cruz. De nuevo toca la campana y todos los costaleros levantan. Se puede sentir la ilusión. De nuevo otra campanada y el trono anda con Jesús en su Calvario. La gente en la puerta de la iglesia aguarda hasta que llega el momento en que la luz se enciende e ilumina a todos los presentes. El Cristo "ya está en la calle".

M.


VIERNES SANTO

    Un, quizás, viejo reloj de pared colocado no importa donde, deja oír una ladina campanada casi ahogada por el sordo murmullo de unas voces, esta vez masculinas, que comentan detalles y dan órdenes en un intento de organización de algo que está a punto de comenzar. Son las doce de la noche, las noches del templo parroquial de Santiago Apóstol, se abren lenta y pesadamente; casi con solemnidad, chirriando suavemente sus goznes, que tratan de acrecentar inadvertidamente el misterio casi de embrujo de esta noche luctuosa y gloriosa a la vez, de Viernes Santo, donde se conmemora el Misterio doloroso de la muerte de nuestro Salvador Crucificado.

    Es la Procesión del Silencio presidida por el Cristo de la Luz, que va a salir por las calles de Guadix a dar el espectáculo de oración emocionante frente a la Imagen del Redentor Crucificado, símbolo del amor y la esperanza aun en estos nuestros tiempos fáciles y despreocupados, donde lo que impera es el materialismo.

    Vamos a acompañar durante un tiempo fraccionado en horas, al Cristo de la Luz con los brazos abiertos y cosido todo Él al madero de la Cruz, desde donde nos brinda una vez más, su amor y su confianza de Padre, Amigo y Hermano. Es nuestro Cristo de la Luz que nos invita también a mantener firme nuestra fe en Él, que es «el Camino, la Verdad y la Vida». Esa Vida de luz que sólo Él nos puede dar, tanto para el presente como en el futuro; ese futuro incierto que se nos presenta, cada día, lleno de encrucijadas, no siempre tan buenas como nosotros, ni tan malas como para perder nuestra confianza en Él, que vino a dar su vida por nosotros, aún sabiendo de qué barro estamos hechos.

    Ahora tenemos la oportunidad de ser todos de Él, enfrascándonos en la oración de sus misterios dolorosos, mientras le acompañamos por las calles de nuestra ciudad; ahora tenemos la ocasión de callar orantes en su Divina presencia, y en el verdadero silencio de oración que nos haga reflexionar como genuinos cofrades. Teniendo en cuenta, que no todo silencio es oración, ni que toda oración es silencio; más aquí en esta madrugada de Viernes Santo, nosotros los cofrades, (y esto se refiere a toda la Cofradía), tenemos que dar ejemplo de lo que nos traemos entre manos porque deberíamos ser la luz como lo es Él, a pesar de parecer el desecho de los hombres, y acogernos a la sombra bienhechora de sus brazos extendidos en el madero, y dedicar nuestro silencio a la meditación de su Pasión tan provechosa para nosotros los humanos.

    Porque no basta con la dedicación demasiado esporádica de una noche o dos anuales, tenemos que dedicar más tiempo a nuestros espirituales deberes si queremos que las cosas nos vayan bien, (y me refiero a las cosas especialmente del espíritu), aunque tampoco podemos descartar los materiales, y tenemos que dedicar también más tiempo a nuestros deberes de cofrades del Cristo de la Luz y su Santísima Madre  de la Amargura, por muchas que sean nuestras ocupaciones que siempre nos dejarán un hueco. Porque para eso pertenecemos a una Cofradía, para darle todo el honor que ésta se merece; que la emulación que pretendamos hacer en el camino de la competencia, sea el de destacarnos en el espíritu y la seriedad, más que en el esplendor, aunque éste tampoco esté de más.

    Eso debe ser el orgullo de todo buen cofrade, saber evitar, cuando llega la ocasión de la inestabilidad (que es una de las grandes tentaciones de la vida moderna), que nos bambolee al ritmo de veleta de los campanarios. O se es, o no se es; se debe aceptar la integridad con todas las consecuencias, a pesar de nuestra fragilidad humana que nos puede traicionar, (y de hecho nos traiciona) porque se le dan demasiadas concesiones. Tampoco la bondad consiste en las demasiadas exigencias, ya que la perfección, suele estropear a veces las cosas mejores.

Fray Tobías

Hermano Fosor de la Misericordia.


CON SU POBREZA NOS ENRIQUECIÓ

    Es verdad que la Cuaresma es camino de la Pascua, en definitiva camino de la VIDA. Pero antes es camino de la Cruz, es VÍA CRUCIS: a la Luz por la Cruz.

    Y ese camino tiene muchos momentos, muchas estaciones. Cada una de ellas nos revela, nos muestra un cuadro, una estampa de Jesús distinta. Una llena de ternura, aunque se respire alrededor de una gran tristeza; otra llena de un inmenso dolor, de hondo dramatismo, aunque queremos verla con ribetes de sobrenatural consuelo.

    En ese recorrido por el camino de la Cruz, os invito a acercarnos a las últimas estaciones. No apartes tu mirada, no te escandalices de ver a Jesús desnudo, ha sido despojado de todo, de sus vestidos, es el despojo total. Ahí tenemos a Jesús el pobre, sin nada, sólo consigo mismo y sin nada distinto encima, sólo Él sobre la Cruz. ¡Qué diferente de nosotros, rodeados de mil cosas y muchas superficiales, ¡innecesarias! Con cuanta razón decimos que nos interesa más el tener que el ser. Creemos que para significar algo en la vida lo que importa es tener muchas cosas. Muchas cosas encima, muchas cosas alrededor, en nuestra casa, en nuestro lugar de diversión, en nuestro lugar de trabajo. Nos entristece en el alma no tener y más todavía, quizás, perder lo que tenemos, aunque sea poco y poco valioso.

    A la muerte hemos de ir ligeros de equipaje, ligeros de cosas, que esas poco importan para la vida que esperamos. Es una actitud profundamente cristiana la pobreza, que es fundamentalmente despego, desasimiento de las cosas materiales para vivir la abundancia de otro tipo de bienes. No lo echemos en olvido: Jesús se hizo pobre para que nosotros fuéramos ricos, nos enriqueció con su pobreza.

José María Hernández Ballesteros


EL ARTE SACRO DE VESTIR A LA MADRE DE DIOS

    Cuando ya han pasado casi seis meses de aquel glorioso día 15 de septiembre del año que nos ha dejado, cuando mi querida Reina de la Amargura se convirtió en cotitular de la Hermandad del Stmo. Cristo de la Luz de esta villa de Guadix, recuerdo aquella primera vez que mis manos rozaron el cuerpo de la Stma. Virgen.

    Aquella tarde del caluroso verano de mi tierra cordobesa, cuando la Señora recién terminada y todavía desprendiendo olores a pintura y pátina y en el afamado taller de nuestro imaginero Francisco Romero Zafra, me disponía a realizar esta sacra labor.

    Durante muchos años llevo desarrollando la labor como vestidor, unida paralelamente a la del bordado, pero siempre que quiero vestir una nueva Imagen me gusta imprimir un sello personal que con el tiempo la defina a ella misma. No hay quien dude, el empaque, la impronta y la calidad de imagen que representa esta efigie, por lo tanto con "poco, bien hecho y acertado" lograremos darle lo que siempre he denominado el significado del vestidor. Es la persona de mayor vinculación con la Junta de Gobierno y con la Hermandad, que intenta darle a la imagen el mayor don de Reina, teniendo claro que en el caso del "tocado o rostrillo" es la parte de este arte más difícil de conseguir y acertar, intentando no agobiar a la Imagen, sino que sea un complemento más, como puede ser una corona o un rosario, pero que le de belleza a su calidad.

    Pues bien, como tantas otras comencé mi labor, teniendo la libertad absoluta tanto de la Hermandad como del autor. Cedí de mi colección particular antiguos encajes de tul bordados para realizar el tocado, el manto morado con bordados granadinos del siglo XIX y una saya negra, bordada en oro fino, que recientemente se había terminado en el taller. El resultado a la vista quedó, pues de la misma forma y con los mismos elementos que utilicé el día de la Bendición y que todos pudimos contemplar.

    Posteriormente, después de la Bendición, la Imagen fue depositada en su original y singular capilla, que entre todos hemos acertado a construir lo que definitivamente será el trono diario de esta bellísima Imagen.

    Siempre he insistido que cambiar una imagen no es capricho ni del Hermano Mayor, ni de las camareras ni, por supuesto, del vestidor. Cambiar a la Madre de Dios es el resultado de estar conforme a la liturgia de la iglesia cristiana y otra forma "más" de dar culto a una Imagen.

    En estos meses, todos hemos sido testigos de este acto, cada vez que la liturgia ha cambiado de color lo hemos hecho nosotros con ella. Pudimos contemplarla en difuntos (ataviada de luto), en la Inmaculada (de azul y blanco), para la purificación (de rojo) y cuando estas letras lleguen al lector la Virgen de la Amargura estará expuesta a los fieles con el atavío cuaresmal de hebrea.

    Gracias a la Junta de Gobierno de la Hermandad del Stmo. Cristo de la Luz por permitirme tener esa libertad de vestir a María con el don de Reina. Gracias particularmente al Hermano Mayor, a Javier, a Paco, etc... y, como no, a las personas que nunca fallan que son mis queridas camareras, ya que su labor es la que nunca se ve de cara al público, pero es la que yo más aprecio; porque realmente la Virgen no está sola, está cuidada por vosotras y por ese continuo rezo de las queridas monjitas franciscanas.

    Gracias mi Reina de la Amargura, quiero que sepas que no me pesa desplazarme desde mi Córdoba a Guadix por estar unas horas a tu lado, para servirte en todo lo que tu Hermandad me necesite y que sepas que siempre que tú quieras estaré a tu lado "como vestidor". AMEN.

Tu vestidor

Antonio de Padua Villar Moreno (marzo de 2003)


 

AMAR ES EL EMPIECE DE LA PALABRA...

...Amargura. Y justamente con esa advocación veneramos desde hace unos meses la imagen de María Santísima que es cotitular de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Luz y Ntra. Sra. de la Amargura.

    En mi corta experiencia pastoral me he encontrado con gente que está escandalizada porque no sabe compaginar la existencia del dolor con la existencia de Dios.

    Me he encontrado otra que aguantan con estoicidad los malos momentos que les sobrevienen.

También hay quien ha comprendido las palabras del Maestro: "El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz, cada día, y venga en pos de mí" (Mt. 16, 24). Es más, no solo cargan con su cruz sino que se abrazan a ella. Y contribuyen, en la mayoría de los casos a aliviar los dolores de los demás, e incluso, a llevar las cruces de sus hermanos.

    Éstos últimos, profesan, además, que no es Dios quien manda las cruces, pero que si es Él quien nos da fuerzas para llevarlas y darles un sentido. No se escandalizan de Dios porque saben que Dios mismo cargó con su cruz a cuestas y que su Madre Santísima lo acompañó en ese camino hacia el Calvario, y que allí estuvo iuxta crucem lacrimosa (junto a la cruz, llorando), cantamos con el Stabat Mater.

    Su dolor no es el dolor de los estoicos. Lloran y sienten dolor como lo sintió María Santísima, pero su dolor no es un dolor, como no lo fue en Nuestra Señora, una amargura desesperada, desgarrada. Lloran como lloró el mismo Cristo por la muerte de su amigo, Lázaro. Es una tristeza humana pero que no invade la creencia firme de la esperanza en la resurrección; está mirando al cielo.

    La imagen de Nuestro Señor en la Cruz, como las imágenes dolientes de su Santísima Madre han perdido, quizás, un poco de su escándalo. Después de XX siglos en los que se ha hablado del valor redcntor de la cruz pareciera que nos hemos acostumbrado a ella; la cruz la fabricamos en oro y plata y la llevamos colocada sobre el pecho; la sacamos en procesiones y la reverenciamos cuando la vemos; el Viernes Santo incluso la adoramos. Las imágenes de Cristo crucificado tienen un dulce dolor y para nada nos ayudan, en la mayoría de los casos, a hacernos una idea de lo que fue el primer Viernes Santo de la historia.

    No. No es que abogue por unas imágenes morbosas, que exageren los efectos de un cadáver crucificado; no creo que eso ayudara más a comprender el escándalo que supuso para los apóstoles el hecho de que el Maestro murieses crucificado en la cruz. Hagamos una breve composición de lugar y analicemos la muerte muerte de Nuestro Señor en la cruz:

    Cuando el Viernes Santo Jesucristo es izado en la cruz redentora, los Apóstoles se escandalizaron (Jesús, previendo lo que se avecinaba les avisa en la Última Cena que todos se escandalizarían de Él (Mt.26,31)), lo cual era una reacción humana normal ya que provenían de una cultura judía en la que un cadáver se consideraba una impureza de la que había que deshacerse cuanto antes. A la idea de que un cadáver era el que iba a redimirnos, hay que unir que Jesucristo murió a los ojos de sus contemporáneos como un condenado colgado del patíbulo marcado con el estigma de la maldición divina (Dt. 21,22s).

    Cuando el Evangelio sale de las fronteras de Palestina para expandirse por la cultura grecorromana, también suponía un escándalo grande: Para cualquier griego, la crucifixión era una muerte cruel y propia de pueblos bárbaros y para un romano ésta muerte se reservaba a los esclavos.

    No sé si nos hacemos una idea de lo molesto que resultaba predicar la salvación de Jesucristo crucificado. Era mucho más fácil hablar del "Jesús que anduvo en el mar" que de "ese Jesús del madero, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar".

    Claro es que los apóstoles, pasado el primer impacto, durante el cual se mantuvo siempre firme María Santísima, ella estuvo al pie de la cruz (imagen que me recuerda a tantas mujeres que están al pie de la cama de los hospitales velando día y noche, durante prolongados períodos de tiempo a sus hijos, esposos, padres...), y a la luz de la resurrección, no se quedaron en una visión humana de lo que supuso la crucifixión de Cristo. (¡Tenemos tan arraigada la tendencia de regodearnos en nuestro propio dolor!) y proclamaron gustosamente al Crucificado. Los mismos evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) no se limitan a referir la pasión sino que concluyen con el relato de la resurrección. San Juan va más allá: nos presenta a un Jesús que camina majestuosamente hacia la cruz. Allí funda la Iglesia "dando el Espíritu" (Jn. 19, 30) y haciendo que mane de su costado agua junto con la sangre (Jn. 19, 34). En adelante habrá que "mirar al que atravesaron" (Jn. 19, 37) pues la fe se dirige al crucificado, cuya cruz es el signo vivo de nuestra salvación.

    Todo esto viene al hilo de la reflexión con la que comencé estas líneas. Creo que los cristianos debemos purificarnos de muchas ideas falsas en torno al dolor y aceptar con visión creyente los malos momentos que nos depara la vida. Así aceptó María Santísima la amargura que supuso para ella ver al Hijo de sus entrañas crucificado, insultado, flagelado...

    Sólo una visión cristiana del dolor nos hará abrazarnos, de verdad, a la cruz y aceptar nuestros dolores y sufrimientos con el espíritu de aceptación a la voluntad de Dios como lo hizo el mismo Cristo, sabiendo que "si el grano de trigo no muere da fruto" pero que Cristo mismo no dice también "Mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Porque todo es cuestión de amar.

    Galera (Granada) y Febrero, 2003.

Juan Luis García Rodríguez

Diácono y Hermano de ésta Hermandad.

 


    EL AMBIENTE SE PREPARA PARA UNA NUEVA SEMANA SANTA

    Que poco falta para que volvamos a revivir, como cada año, el acto supremo de amor, aquel que Dios realizó por los hombres en la persona de su Hijo Jesucristo.

    El ambiente está preparado, no falta nada. La primavera nacerá cual sonido de guitarra que, al rasgueo de la mano despierta despavorida. Los cielos limpios y azulados sostienen la bóveda celeste, testigo del magno acontecimiento. Los campos, plagados de miles de colores, ofrecen en sus flores la plegaria cotidiana al Creador.

    Así vemos: La alegría de vivir en el blanco y trepador jazmín y en la tierna margarita.. La lucha del día a día en la granate y amarillenta rosa. La penitencia y recogimiento en el marrón de nuestras arcillas. La fragancia de la obra consumada en el clavel multicolor. La ternura y bondad en las elegantes influorescencias del gladiolo. El sacrificio y sangre derramados en la humilde amapola, que comenzará a poblar los trigales.

    Y al ir decorando con ellas el altar de los tronos poblaran nuestras calles, entremezclándose su aroma y color con el olor a cera de los cirios, que en las manos de los penitentes rasgará la noche con su llama, dibujando con el parpadeo la Luz Eterna.

    El reencuentro del polen, elaborado en cera, con su antigua dama la flor, formará eterna simbiosis, que impregnada de incienso se ofrecerán a nuestro Señor.

    El viento ha sido cortado por el trazo monótono y punzante del palillo, que al caer golpea la piel tensa del tambor y anuncia la proximidad de la procesión. Los pulmones jóvenes aspiran el aire, que en su salida hará tañer la trompeta, que suena a muerte y resurrección.

    Se hace el silencio, el Cristo de la Luz en la puerta. Los horquilleros elevan el Calvario del trono, para soportarlo sobre el hombro encallecido en los avatares de su vida, compartiendo la Pasión. Los hermanos penitentes, cubiertos por su capuchón, derraman alguna lágrima tras las lucecillas que iluminan a Jesucristo en la Cruz, al que muy pronto le seguirá su Madre.

    La saeta a punto de cruzar el umbral del paladar del cantaor, como dardo de su boca sale el lamento y quejío de poeta, que surca la oscuridad de los corazones, para hacerlos despertar de su letargo.

   ¡Quiero sentir este lamento!

    ¡Quiero aproximarme a tu Pasión!

    ¡Mi pueblo de esta forma te reza!

    ¡Y te aclama con su oración!

    Oración comunitaria, aunque no todos cantan hacia fuera, la saeta nos hace mirar y sentir hacia los adentros, buscando el interior.

    Nos acercamos a Jesús, a ese Jesús Crucificado que continúa andando los caminos, necesitado de nuestro cariño y necesitado de nuestro amor.

José María Ortiz Valero


UN VIAJE DIVINO

    Fue tan maravilloso el viaje, tan especial, tan distinto, y tan único porque no creo que lo vuelva a repetir, llegar desde Barcelona a Guadix y de Guadix a Córdoba para ir en busca de la Virgen de la Amargura, no fue algo pensado, ni siquiera soñado, pero me tocó a mí, una hermana en la distancia, de esas de las que nunca se habla porque forman parte de una carta.

    No fue largo el camino, ni pesado el sueño, porque íbamos cargados de esperanza, de ilusión y de anhelo por ver a nuestra Virgen, y llegamos, y se abrió una luz en nuestros corazones porque la vimos, tan sencilla y a la vez tan grande, no podíamos dejar de admirarla, esos ojos tan bellos, esas lágrimas tan dulces, llenas de esperanza, llenas de amargura, ese rostro tan increíblemente perfecto, yo creo que ninguno podíamos dejar de mirar cada detalle, cada forma, porque sabíamos que nunca volveríamos a verla de esta manera tan cercana, tan íntima, no osabas ni tocarla por temor a romper los sentimientos que nos embargaban, era alegría, paz y sosiego, tan pocos han podido vivir ese momento y tantos lo han deseado, que me siento verdaderamente orgullosa e infinitamente agradecida a la Hermandad y a la Virgen por haberme dado esta oportunidad.

    Y regresamos a casa con alegría de traer a nuestro lado algo tan valioso para la Hermandad, algo tan deseado, los hermanos rodeaban a la Virgen, unos lloraban, otros simplemente la miraban, pero los que veníamos con ella llegábamos cargados de emociones que sólo los que fuimos hasta allí trajimos, y que guardaremos por siempre en nuestros corazones.

En el camino quedó el esfuerzo

en el andar la agonía

todo se paró en el tiempo

al ver tu rostro, María.

Una mujer que lloraba

el dolor de su hijo amado,

una Virgen que lloraba

el error de los humanos.

Una mujer que borraba

todas las penas pasadas,

con la amargura tan dulce

que su rostro reflejaba.

Gracias Nuestra Señora de la Amargura por dejarnos tenerte a nuestro lado.

María Sáez Pereira


AMARGURA DE MUJER

     Y llegó el 15 de septiembre, fecha que aún vive en nuestro corazón, que ahí es donde mejor se conservan y se meditan los acontecimientos imborrables, y es que, ese día y ante una Iglesia Parroquial de Santiago abarrotada de fieles vibramos con la tierna presencia de María en su Amargura.

    Este año, amigos y cofrades de la Luz, nos sentiremos  un poco menos soles, la Virgen Nuestra Madre preciosa de la Amargura estará con nosotros..

    Este año, cuando el Cristo salga en silencio en una noche penitencial de austeridad y recogimiento volveremos nuestros ojos hacia el templo Parroquial de Santiago, y allí, justo en el interior asomándose por la fachada plateresca veremos (casi entrecortada) la bella Imagen de la Virgen Dolorosa, María de la Amargura. Amargura de mujer, Amargura de una Madre que sufre ante el cruento martirio de la Cruz.

    Guadix, como tierra cofrade y mariana, abre su corazón a esta Imagen, que representa a una Madre Celestial que es la Estrella del nuevo milenio, Mayor Amor que ninguno que exista, Refugio de nuestra existencia, Esperanza de nuestros corazones, sierva de Humildad plena, Lágrimas derramadas ante la Pasión de Cristo, Dolores al pie de la Cruz y Soledad que no está sola; y ahora Amargura, el nombre perfecto que define el sentimiento de María cuando por las tortuosas calles de Jerusalén seguía de cerca los pasos del Señor cargado con la Cruz.

    Así entendieron los cofrades de Guadix la devoción a su Madre, bajo sus respectivas advocaciones de las Dolorosas de Semana Santa.

    Y nuestro corazón, en esa Madrugá mágica en que nos adentramos poco a poco en el Viernes Santo, se quedará un poco dividido, porque al pasar Cristo muerto ante nosotros volveremos la mirada y allí, como Madre que espera siempre el regreso de su Hijo, estará la Celestial Princesa del Cielo.

    Cuando el Cristo de la Luz regrese a su Templo,  su Madre, representada en esta preciosa Imagen lo mirará y en sus bellos ojos apreciaremos la Amargura de la Mujer que fue Madre de un Dios que se hizo hombre y con su Vida y Testimonio es LUZ en las tinieblas; y sabremos con gran gozo en el alma que nuestra vida como cofrades de esta Hermandad es mostrar esa Luz, es decir, anunciar a Cristo Crucificado, proclamar su Resurrección, y ahora ya desde hace algunos meses hacerlo de la mano de Nuestra Madre Celestial.

Manuel Salvador Sánchez Aparicio